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domingo, 30 de octubre de 2016

ÁNGELES Y DEMONIOS


“Los que conciben al diablo como partidario del mal y al ángel como combatiente del bien aceptan la demagogia de los ángeles. La cuestión es evidentemente más compleja. Los ángeles no son partidarios del bien, sino de la creación divina. El diablo es, por el contrario, aquel que le niega al mundo toda significación racional. La dominación del mundo, como se sabe, es compartida por ángeles y diablos. Sin embargo, el bien del mundo no requiere que los ángeles lleven ventaja sobre los diablos (como creía yo de niño), sino que los poderes de ambos estén más o menos equilibrados. Si hay en el mundo demasiado sentido indiscutible (el gobierno de los ángeles), el hombre sucumbe bajo su peso. Si el mundo pierde completamente su sentido (el gobierno de los diablos), tampoco se puede vivir en él.”(Milán Kundera. El Libro de la risa y el olvido. 1978)


La ambivalencia es humana por excelencia, pocas veces estamos seguros de nada, y así debe ser, pues los que presumen de poseer las soluciones perfectas y la razón indiscutible resultan finalmente ser unos farsantes, unos ingenuos o por lo menos demasiado pretenciosos. Sin embargo no podemos evitar desear sentirnos más seguros de nosotros mismos de lo que nos sentimos, gustarnos más de lo que nos gustamos, y completar incansablemente una vida a la que siempre parece faltarle algo. Somos seres “en falta”, pero no por “pecadores” como me enseñaron de niña, sino por nuestra a veces insoportable necesidad de desear.

En este mundo de luces y sombras también nos interrogamos sobre nuestra propia bondad, luchamos por definir de una vez por todas la dimensión exacta de nuestras responsabilidades, sin querer perder de vista nuestros intereses, o amando, a veces demasiado. Los límites nunca están claros, no se puede estar seguro de haber hecho lo mejor, de haber hecho suficiente, a veces ni siquiera sabemos si en nosotros actúo “el ángel” o “el diablo”. Somos ante todo esa voluntad que se observa a sí misma, a menudo perpleja, y que no puede determinar el devenir de los acontecimientos. Tampoco sería bueno que lo supiéramos y lo controláramos todo, en un universo en el que no caben las dudas tampoco caben las sorpresas, ni la libertad. Dejaríamos de sentirnos retados, nuestras experiencias se volverían predecibles y los juicios siempre estarían claros. Sin debate no hay humanidad, lo mismo que no hay familia sin conflictos o amor si vértigo. Porque tememos perdernos y dañarnos solemos ir de la mano, con esa preocupación constante por el otro, que es a la vez por uno mismo y su propio corazón.

“El hombre es un lobo para el hombre”, pero a la vez sólo otro ser humano te puede salvar la vida, “ángeles” o “demonios” solo contamos con nosotros mismos. De nuestra herencia van a depender muchas cosas, por eso cuando construimos algo hermoso sabemos que no lo hacemos sólo para nosotros. Hemos heredado, un nombre, un territorio, una educación y hasta los sueños. En el día a día gestionamos ese patrimonio, lo cultivamos o renegamos de él, lo transformamos o lo conservamos. Constantemente nos estamos posicionando a favor o en contra de lo que nos han transmitido o de lo que esperan de nosotros, no cabe la indiferencia, cualquier acto lo es de obediencia o rebeldía. Como dice Joan-Carles Mélich: “Un sujeto instalado del todo en su ser, en su presente, en su tradición, un sujeto fiel a su gramática, a su mundo simbólico, a sus marcos normativos, un sujeto que no sea desertor o nómada, un sujeto coherente y sin fisuras, es un fanático”. La ética, que es la respuesta al dolor y la necesidad del otro, se da en ese espacio confuso en el que nos encontramos y definimos. 

Ser éticos es procurar un consuelo, generar un cobijo en el que poder sentirse a salvo o al menos acompañado. Cuántas cosas no podemos solucionar, no podemos entender, o no podemos evitar…, la impotencia que esto nos genera a veces nos hace perder de vista que nuestra mera presencia, al igual que un silencio compasivo, puede ser más poderosa que cualquier palabra. Para Mélich no hay ética porque sepamos qué es el bien sino porque hemos vivido y hemos sido testigos de la experiencia del mal (entendido como dolor). No hay ética porque uno cumpla con su deber sino porque nuestra respuesta ha sido adecuada, aunque nunca pueda ser suficientemente adecuada. No hay ética porque seamos dignos sino porque somos sensibles a lo indigno, a los excluidos, y así nos dice: “Yo no creo en el bien, creo en la bondad”, y “El yo no se constituye éticamente en relación al bien sino en respuesta al sufrimiento del otro”. Para él ser ético es no sentirse nunca lo suficientemente bueno. 

Cuando nos compadecemos nos hacemos humanos, porque aceptamos nuestra condición vulnerable y la dependencia que conlleva. Porque no podemos controlar absolutamente nuestras vidas, porque las situaciones límite nos atraviesan a todos, porque no vamos a vivir para siempre, porque no hemos elegido tantas cosas… Cuando respondemos a nuestra fragilidad no con vergüenza o culpa sino con cariño, se abre un espacio de oportunidades en el que nos podemos cuidar y perdonar tanto a nosotros mismos como a los demás. Pero nunca venceremos “los demonios”, el caos, la enfermedad, la muerte, el mal, el daño…, seguirán ahí, haciéndonos humanos. Vivimos en una eterna pregunta, en una frase inacabada, nunca nos conocemos del todo, el mundo siempre tiene algo de extraño y la existencia es un misterio que nadie sabe cómo empezó. La precariedad de nuestras intenciones, la voluntad que se tambalea, el mundo que tiembla, justifica la pasión con la que vivimos las cosas que nos son preciosas.

Dentro de nosotros arde, las más de las veces, un impulso irrefrenable por vivir y disfrutar la vida. Compadecernos de nuestra naturaleza sufriente y celebrar nuestra vitalidad, nos une a los otros seres vivos e incluso a las cosas. La materia parece estar empujada por un impulso ciego y poderoso que la lleva a crecer y transformarse. Nadie sabe por qué, pero somos parte de ello y no dejamos de hacerlo: vivimos. Vivimos con la esperanza de que todo mejore, de que nuestros hijos sean más sabios, de que un sentido nos ampare o de perdurar en algo bello.