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miércoles, 1 de marzo de 2017

SER ANALÍTICO FRENTE A SER “SALVADO”

Analizar implica someter algo a un proceso de descomposición, aislar sus elementos y descubrir su naturaleza. Analizarnos a nosotros mismos nos lleva a tomar consciencia de nuestras creencias y cuestionarnos su origen y su veracidad, descubrir al servicio de qué o quién  están, y cuáles son los intereses propios y/o ajenos que las mantienen. Sólo se puede llevar a cabo una reflexión profunda si se renuncia a la seguridad de la certeza, esto nos hace investigadores y críticos, y nos convierte en personas abiertas a la transformación. Esta renovación permanente del que no se agarra a verdades inmutables es solo posible si se asume la incomodidad y ansiedad que muchas veces acarrea. Pero merece la pena, porque aprender a preguntarnos y preguntar, es la única oportunidad que tenemos para ser individuos un poco más libres.

Las grandes soluciones y las grandes respuestas van de la mano de individuos o de teorías extremadamente dogmáticas que se presentan como salvadoras, filosofías “redentoras” que con sus “liberaciones” lo único que consiguen es cambiar unas cadenas por otras. Antes nuestro destino dependía de Dios, la religión se presentaba como la única opción para liberar a las personas del yugo de los imperios que las explotaban. Por ejemplo vemos cómo en el Antiguo Testamento el pueblo judío, perpetuamente esclavizado, espera la venida de un salvador. La religión también representaba la forma de salir del clan, el pueblo o la familia. Los lazos de sangre eran sustituidos por nuevos lazos que unían al individuo a la comunidad religiosa, ahí tenemos en el Nuevo Testamento cómo Jesús llama a sus discípulos a abandonarlo todo y seguirle, o cómo antiguamente en las familias se entregaban los hijos a Dios ingresándolos en un convento o seminario. Estas comunidades religiosas compuestas por personas de diferentes familias y poblaciones son los primeros ejemplos de comunidad multicultural, de hermandad más allá de los orígenes ligados a la cuna. El problema es que la religión con sus dogmas y sectarismos ha provocado el surgimiento de nuevas cadenas, y que casi siempre ha sido cómplice del amo, conformándose con la caridad en lugar de luchar por la justicia rebelándose contra los abusos de poder.

Del capitalismo podemos decir lo mismo que de la religión. Quién lo cuestiona es tomado por loco, tonto o peligroso. Normativiza nuestra vida en extremo marcando cuáles deben ser nuestras metas y definiendo lo que es la “normalidad”. Divide a los sanos de los enfermos, a los productivos de los inútiles, a los triunfadores de los fracasados… Define lo que es posible y pervierte la alternativa volviéndola impensable.


¿Pero qué son exactamente esas “cadenas” que surgen cuando nos acogemos a sistemas dogmáticos? No tienen necesariamente que ver con llevar a cabo compromisos y esfuerzos, sino con la posibilidad que se le da a la persona de ser crítica dentro del grupo al que pertenece. Si la familia, la pareja, la empresa, la comunidad… no permite a sus miembros disentir sin acusarlo de traidor, infiel, egoísta, peligroso, hereje… los está encadenando. Los grupos dogmáticos dividen el mundo en buenos y malos, en los que se salvan y los que se condenan, en los que están del lado de la verdad y los que se equivocan. Estos grupos no piensan sobre sus propios errores o deficiencias, de hecho no ven sus limitaciones, muy al contrario, se consideran perfectos o por lo menos los mejores.

No hay verdades absolutas como no hay soluciones totales a los problemas. Cualquier consejo, método o teoría debe presentarse describiendo en qué circunstancias puede ser aplicada (porque no hay un algo para todo), cuales son sus riesgos y cuales pueden ser sus desventajas o limitaciones. Si nada de esto acompaña a la exposición de un tema nos encontramos ante un discurso dogmático, que no tiene en cuenta la complejidad de lo que trata. Estos discursos dogmáticos pueden ser producto de una forma infantil de enfrentar las ansiedades vitales, pero también pueden ser empleados a conciencia para seducir a las personas y conseguir de ellas la satisfacción de intereses ocultos.

Las personas nos salvamos a nosotras mismas, muchas veces con ayuda, pero no confiando ciegamente en nada ni en nadie, sino siendo acompañadas e inspiradas. Nos salvamos aprendiendo un método, no una verdad. Aprender a analizar y analizarnos es algo que maximiza nuestras oportunidades, porque nos ayuda a esclarecer nuestros deseos y a encontrar el modo de volverlos posibles. Conócete a ti mismo y serás más fuerte, no es ninguna novedad, ya lo decía el oráculo de Delfos.