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domingo, 28 de mayo de 2017

Perder

Todos hemos perdido algo y algún día todos lo perderemos todo, perder forma parte de la vida, como lo forma la muerte, y es esta una certeza con la que necesitamos aprender a vivir y vivir bien. Saber perder es crucial para poder dirigirse a uno mismo, de lo contrario el miedo provoca que no seamos capaces de tomar decisiones, paraliza nuestra vida y nos lleva a sufrir mayores pérdidas de las que pretendíamos evitar.


A los niños se les enseña a perder y no es una tarea fácil, de hecho creo que la mayoría de nosotros nunca la dominaremos. Es asombroso ver lo poco preparados que nacemos para sufrir, creo que tiene un enorme mérito la manera en la que el ser humano se sobrepone a circunstancias realmente dolorosas. Cuando un niño pierde se hunde miserablemente, siente tanta pena de sí mismo que se llena de rabia y se niega a aceptar lo que ha sucedido. ¿Y quién puede decir que no sigue siendo en parte ese niño?



Creo que si perder es tan doloroso es porque somos una especie apasionada, nosotros los seres humanos soñamos, y nunca dejamos de hacerlo. Incluso ante la mayor adversidad guardamos la esperanza. Este ímpetu nos ha conducido a grandes logros como sociedad y como individuos, seguro que todos tenemos ejemplos de coraje y perseverancia que han posibilitado la realización de algún objetivo importante. Y todo gracias a nuestra capacidad de ilusionarnos, de imaginar otra vida posible y un mundo mejor. Muchos son nuestros méritos, muchos más de los que somos conscientes, podemos ser vanidosos pero también podemos ser ciegos a la belleza y no apreciar suficientemente la bondad propia y ajena.

Soñar nos somete a un reto constante, aceptar la realidad que no se ajusta a nuestros sueños sin desgarrarnos. Cuando las cosas no son como habíamos pensado, como necesitábamos o era justo que fueran… ¿lloramos? Ojalá sepamos hacerlo, porque cuando estamos ante un imposible, lo que menos nos conviene es enfadarnos y menos aun renegar de la vida. Cuando nos atrapa la ira la existencia se vuelve amarga y pierde todo su sentido. Muere nuestra capacidad de inventar un nuevo destino.

Amar la vida, forjar nuevas esperanzas, nos es natural aunque no siempre sencillo. Resulta conmovedor lo mucho que nos necesitamos los unos a los otros, y lo personal que se vuelve la desgracia de quienes queremos. Amar nos enfrenta a pérdidas, despedidas, uno se pregunta qué parte de sí mismo se fue con esa persona, uno puede ver nítidamente la vida que ya no va a vivir porque ya no está “él”, ya no está “ella”. Somos en buena medida similares y a la vez insustituibles, no hay una vida humana que no merezca ser llorada. Y ojalá solo lloremos, porque lo último que necesitamos es llenarnos de rabia, y renegar del amor y de la amistad, y desear no volver a depender jamás de nadie. No podemos vivir sin los demás y todos necesitamos ser algo para alguien.

A veces nos sentimos culpables de nuestra buena suerte, cuando dejamos a alguien atrás, cuando disfrutamos de algo que otro no tiene… A veces sentimos envidia, cuando nuestros deseos los cumplen otros y el vacío parece que solo es asunto nuestro. La culpa y la envida son lazos invisibles que nos unen a los demás, aunque aparentemente nos separen. Si fuéramos más conscientes de que todos vamos en el mismo barco toleraríamos esos sentimientos y no nos abandonaríamos sólo por padecerlos. Es todo tan efímero… la vida da tantas vueltas… ¡Y nos necesitamos tanto! Hay algo que no deberíamos perder nunca, y es nuestra capacidad de perdonar y ser fieles a las personas que de verdad nos quieren. Cuando un ser querido muere te das cuenta de que ningún conflicto debería ser insalvable con los nuestros.

Cuando perdemos nos perdemos un poco, y tenemos que demorarnos en buscar otra vez el camino, otra vez la ilusión. Cuando nos perdemos muchas veces encontramos dentro de nosotros algo nuevo, en esa demora “revolviendo en el baúl” aparece algo que no sabías que tenías o que ya no recordabas. Nunca se pierde a secas, algo siempre se gana. No es que esto excuse la pérdida, la justifique o haga que merezca la pena, pero sucede y resulta fascinante. (Como descubrir en un pedregal una planta que nadie espera). Qué intensa es la vida, qué persistente, qué inevitable.

A veces lloramos y no deberíamos avergonzarnos ni lamentarnos demasiado por ello, porque mientras estemos vivos y seamos capaces de amar, “mil brotes” crecerán en nuestra casa y sobrevivirán en nuestra memoria. Y algún día lo perderemos todo, pero con suerte alguien nos habrá ganado y nuestro recuerdo se convertirá en un gran árbol, uno de esos que dan buena sombra y albergan muchas vidas.

viernes, 30 de septiembre de 2016

A veces nos abandonan

A veces nos abandonan, otras somos nosotros quienes abandonamos, y a menudo nadie sabe exactamente lo que ha pasado. En las relaciones nos sorprenden los accidentes, como en la carretera, y de pronto un choque inesperado nos separa. No se suele ver venir, aunque a posteriori siempre parece que existían muchas pistas. Es un misterio en qué medida te estabas engañando o era realmente imprevisible, lo cierto es que a la lógica tristeza por la pérdida se le une la angustia de comprobar nuestra falta de control.


Todos tenemos una larga ristra de agravios, y suele aparecer al completo cuando vuelven a hacernos daño. Todos nos hemos sentido abandonados o traicionados alguna vez, y le hemos dado mil vueltas a los motivos que han podido causarlo. Los menos culposos lo achacan a la envidia, los celos o la debilidad ajena; los más a haberse dejado engañar o haber provocado algo intolerable. Frecuentemente nos debatimos entre ambas posturas, al fin y al cabo pocas personas se consideran perfectas y a la mayoría nos han dejado muy claro cuáles son nuestros defectos.


Cuando una relación se rompe te las ves con “tus culpas”, esas que desearías no fueran tuyas pero han solido otorgarte. Es bonito pensar que podríamos habérnoslas ahorrado de haber tenido más suerte o mayor voluntad, pero la “sombra” es consustancial a nuestra condición humana: ¿De qué manera puede una persona arrancar de su corazón la frustración y la ira? Todos somos agresivos aunque no seamos necesariamente violentos, y este aspecto de nuestra humanidad es el que más trabajo da desde el principio. Educar es en gran medida canalizar la natural agresividad que nace en el niño cuando se frustra, esto no significa que vaya a quedar neutralizada para siempre, más bien implica que esa persona podrá intentar manejarse con ella cuando aparezca a lo largo de su vida, porque no hay vida sin decepciones. Deseamos mucho más de lo que conseguimos, y esto es una fuente inagotable de dolor.

Las personas que no se consideran agresivas deberían darnos miedo, no se conocen íntimamente y van a tender a eludir la responsabilidad de sus acciones. El silencio puede ser tan violento como cualquier grito, y no perdonar a alguien el castigo más cruel. Creemos que la agresividad es de los fuertes, los “grandes”, pero la persona más apocada puede ser la más destructiva, o el “débil”… La mayor agresividad es la de aquellos que aseguran no haber encontrado suficiente bondad a lo largo de su vida, la de los que sólo pueden quejarse, de hecho la queja es una de las manifestaciones más frecuentes (por permitidas) de la violencia. 

El debate sobre si hay que ser más o menos agresivo es estéril, puesto que todos lo somos, cada uno a nuestra manera. La cuestión es el uso que hacemos de ello y la manera en la que nos encargamos de las consecuencias indeseables. Generamos residuos emocionales como los generamos materiales, siempre dejamos una huella. Hay personas que creen que pueden encontrar la manera de ser neutrales, de no generar perturbación o influencia, de entrar y salir de la vida de los demás sin mayores consecuencias. Se engañan, el impacto es insoslayable, más vale que lo calculemos y que asumamos las consecuencias de nuestros errores.

Qué difícil es a veces entenderse, sobre todo en esos momentos en los que la herida abierta parece transformar al otro en mi enemigo. Las personas que han pasado por nuestra vida y nos han hecho daño han dejado sus rostros en nuestra memoria y estos, al modo de máscaras, se superponen en los momentos más inesperados al rostro de la persona en la que hasta entonces confiábamos. Suele ser recíproco, en la medida en la que el desencuentro abre una brecha, cada uno de los participantes se ve abocado a su particular “baile de máscaras”.

El otro es siempre inaprensible y misterioso, no sólo por las proyecciones a las que inevitablemente le sometemos, sino porque somos tan complejos como caóticos. Nos gusta considerarnos previsibles y congruentes, pero si revisamos honestamente nuestra vida reconoceremos que nos hemos llevado más de una sorpresa. Y es que sobre todo somos inconscientes, por ello nuestra voluntad se parece más a una lancha surcando un río desconocido que a un hierro bien anclado. Ser es navegar, aceptar nuestra falta de control y paradójicamente no soltar el timón, seguir intentándolo. Dirigirse es encauzar el caos, minimizar los daños y lamentar los golpes lo justo para poder reparar los daños y seguir la travesía.

La vida se ha comparado siempre a un viaje, una aventura sin destino. Es algo que sólo se puede hacer acompañado, por eso cuando alguien desaparece nos causa tanto dolor. Debemos procurar no perdernos los unos a los otros, pero también debemos aceptar que nuestros rumbos se separen, que nuestras relaciones naufraguen, y no desviarnos ni hundirnos con ellas.  Siempre hay alguien más esperando, y tenemos mucho que compartir si superamos nuestros rencores y volvemos a reunir el valor suficiente para volver a otorgar nuestra confianza.


domingo, 14 de febrero de 2016

Superar un trauma: de víctimas impotentes a supervivientes orgullosos

Boris Cyrulnik, neurólogo, psiquiatra y psicoanalista, ha sido la primera persona en Francia en interesarse en el fenómeno de la resiliencia. Hablamos de resiliencia cuando se ha producido un trauma y se ha recuperado tras él la capacidad de proseguir con algún tipo de desarrollo. No se trata de que el acontecimiento traumático se olvide, sino de que este ocupe un lugar en el psiquismo que no anule la capacidad de disfrutar y seguir creciendo. No por casualidad Cyrulnik se ha vuelto un estudioso del tema, con tan solo seis años escapó de un campo de concentración y perdió a toda su familia. Eran los tiempos de Hitler y su familia, rusos judíos emigrantes, sufrieron su persecución cuando Francia fue invadida. Huérfano a tan pronta edad, se vio obligado a recorrer centros y familias de acogida, y con ocho años fue trasladado a una finca agrícola que por poco hace de él un analfabeto. Pero contra todo pronóstico se convirtió en médico y en mucho más, en un hombre luchador y con ganas de vivir. Desde entonces se ha dedicado a estudiar cómo su historia es posible, porque Cyrulnik no es un caso aislado, muchos seres humanos trascienden sus tragedias y salen adelante.


Pero, ¿qué es un trauma? En primer lugar hay que tener en cuenta que algo se convierte en traumático no por sí mismo sino por el sentido que la persona le ha dado al vivirlo. De hecho cuando nos suceden cosas que no entendemos en absoluto, que no tienen ningún sentido para nosotros, las olvidamos. Esto explica que un mismo acontecimiento resulte traumático para unos y no para otros. Lo mismo sucede con lo que valoramos: para un muchacho abandonado el éxito escolar puede ser fundamental, porque lo vive como “reparación” u “oportunidad”; para otra persona su expediente académico puede no tener ninguna importancia; y para un “pandillero” ser buen alumno puede ser motivo de vergüenza. La sociedad, la familia, la religión, el grupo al que pertenecemos, nos enseñan a valorar o desvalorizar los distintos acontecimientos. Esto paralelamente posibilita que la persona vaya formando una representación de sí misma, porque somos el protagonista de nuestra propia novela, dependiendo de cómo nos contemos nuestra vida nos construimos como personaje.

El trauma es un acontecimiento que atraviesa nuestra barrera protectora y pone nuestro mundo patas arriba, no se entiende lo que está sucediendo, normalmente, antes siquiera de sentir dolor, lo que se percibe es una tremenda confusión. Por ello, es preciso que alguien ayude a la persona a hablar sobre lo que ha sucedido, para que pueda poner un poco de orden en su cabeza. Esto es fundamental, puesto que mientras la persona permanezca confusa, no podrá decidir nada, se encontrará absolutamente vulnerable y perdida. 

Como decíamos antes, el sentido que se de a un hecho traumático variará según la historia del individuo y el entorno que le rodee. Por ejemplo un niño puede padecer el maltrato de su madre sintiendo pena por “la pobre que no se puede controlar”, o fantaseando que la agresión depende de él y de cómo se comporte. De esta forma, se está protegiendo de la situación traumática, por un lado al sentir compasión por su madre, mantiene el lazo afectivo; por otro lado, al hacer depender el maltrato de su comportamiento, siente que él controla, y de esta forma, se defiende del pánico de sentirse impotente. En cambio, si este mismo niño confía en un adulto, o hace todo lo que puede para ser valorado, y aun así es maltratado, caerá en la depresión.

Cyrulnik en su libro “El murmullo de los fantasmas” habla sobre lo que es un trauma y lo que es necesario afrontar, pero incluso las personas que no han sufrido traumas se hallan ante un reto, en palabras del autor: “Solo tenemos un único problema que resolver, el que da sentido a nuestra existencia e impone un estilo a nuestras relaciones”. La desesperación del que ha sufrido un trauma puede superarse si conserva la admiración hacia alguna persona o grupo de personas que le puedan servir de modelo, si sobrevive la ilusión de encarnar algún ideal, de lograr algún objetivo que considere valioso. El deseo de permanecer vivo, de pertenecer a la humanidad, porque no se ha perdido la esperanza de amar y ser amado, es algo fundamental a la hora de afrontar el sufrimiento. Las personas heridas encuentran frecuentemente en las relaciones humanas su salvación, y no precisamente sintiéndose víctimas, sino todo lo contrario, ayudando a que otros no pasen por el infierno que ellos han vivido, o al menos evitando que lo pasen solos. Proteger al desvalido es uno de los deseos más sanos que puede desarrollar una persona que ha vivido intensas situaciones de desvalimiento, este deseo la hace fuerte y orienta las acciones de su vida.

Así, vemos que lo que permite reconstruirse después de un trauma es poder contar con un vínculo y con un sentido. Es decir, con al menos una relación dónde sentirse apoyado y con una “narración” coherente sobre lo que se ha vivido traumáticamente. La relación de apoyo puede darse fuera de la familia, de hecho es en la escuela donde la mayor parte de las veces los niños encuentran vínculos alternativos que les permiten crecer y sanarse. Así mismo, la sociedad en su conjunto, la cultura, pueden aportar oportunidades de superación o hundir definitivamente al individuo. En cuanto a la “narración”, esta es fundamental, por eso cuando algo traumático sucede el poder hablar de ello es crucial. La persona que ha sufrido un trauma no va a olvidarlo solo porque nadie lo mencione, muy al contrario, necesita ponerle palabras para aprender a manejar sus sentimientos, y encontrar la forma de dar un sentido a lo sucedido que le resulte más soportable. Para lograr esto la creatividad es fundamental: pintar, bailar, componer… pero sobre todo escribir. El artista modela lo que en su mundo interno es caótico, traduce los sentimientos para poder compartirlos. Crear un “relato” que pueda compartirse es volver a la vida, en el sentido de que se crea una vía de comunicación con los otros. Los supervivientes necesitan encontrar una manera de compartir lo que les ha sucedido, y para ello la comprensión del entorno es fundamental.

Como dice Boris Cyrulnik, la resiliencia no es una receta para la felicidad, sino que “Es una estrategia de lucha contra la desdicha que permite arrancarle placer a la vida, pese al murmullo de los fantasmas que aún se percibe en el fondo de la memoria”. Cuando los “fantasmas” asustan demasiado y no se sabe orientar la batalla, es fundamental buscar ayuda. Todos necesitamos aliados, lo último es darse por vencido.