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domingo, 10 de febrero de 2019

Volver a "casa"


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¡Merece la pena!


domingo, 27 de mayo de 2018

Autenticidad y compañía

Beatriz Martin Vidal
Por increíble que parezca, en los tiempos que vivimos, la era de la comunicación constante, rápida y efectiva, donde tod@s tenemos un móvil, varios perfiles sociales y una prácticamente inagotable tarifa de datos, estamos perdiendo nuestra capacidad para establecer relaciones y hacernos entender. ¿Cómo es esto posible? Parece que la tecnología no acaba de ser la solución a nuestros dilemas humanos. ¿Y cuál es el mayor problema en el ser humano? Vivir feliz, lo cual depende en gran medida de la capacidad para entrar en contacto con l@s demás y sentirse satisfech@ de ello. Nos quejamos de la falta de solidaridad, del egoísmo, de que "nadie escucha" o de lo difícil que es convivir... ¿La solución?: vamos a apostar por el conocimiento.


El pilar básico de la comunicación es ser consciente de un@ mism@, esto implica que tengo la capacidad de darme cuenta de qué necesidades intento cubrir cuando entro en contacto con alguien. En muchos conflictos lo que nos encontramos es con que no sabemos qué nos está sucediendo a nosotr@s mism@s: es algo que precede al diálogo con el otro, y es el diálogo interno: lo que me digo a mi mism@. Mi autoestima, la idea preconcebida sobre lo que puedo esperar del mundo y de las personas que me rodean...,  no son sólo creencias, son sentimientos y pasiones.



Para adquirir este conocimiento, que no es otro que la consciencia personal, no solo es crucial afrontar cómo se sienten los demás conmigo (lo cual muchas veces nos angustia tanto que ni lo queremos saber), sino también aprender a autoanalizarme.

Los espacios grupales (destinados tanto a la colaboración como al ocio) suelen ser conflictivos, pero no debemos renunciar a ellos puesto que son un lugar privilegiado para encontrarnos a nosotr@s mism@s en el espejo de l@s compañer@s. No es extraño que repitamos una y otra vez los mismos errores y nos enfrentemos al mismo malestar emocional, pero no debemos ceder al desaliento, no debemos aislarnos ni conformarnos con las "pseudorelaciones" que ofrecen las redes sociales. El conflicto es oportunidad de autoanálisis y aprendizaje vital.


De nuestro entorno hemos aprendido cómo construir y cómo destruir, hemos heredado de los nuestros sus orgullos y temores. Pero ahora somos adultos y el reto se plantea: ser persona desde mis auténticas necesidades y mis propios valores, orientarme teniendo en cuenta tanto mis debilidades como mis fortalezas, y dar a los que me rodean lo que honestamente puedo y deseo dar. "Hacerse mayor" es saber decir adiós, a lo “sabido” que ya no funciona, a lo "familiar" que ya no puede ser...



Cuando conseguimos "depurar" nuestros diálogos internos y nos conducimos a nosotr@s mism@s con honestidad y cariño, hemos dado el primer paso hacia la comunicación plena y eficaz. Pero esto no es todo, justo delante de nosotr@s hay otro mundo, el irrepetible mundo de "el otro": ¿sabemos escuchar? ¡Cuantísimas veces una actitud defensiva nos impide enriquecernos de nuestras diferencias! ¿Desde dónde escucho?: desconfianza, prepotencia, desesperanza... ¿Cómo interpreto lo que me dicen?: como una crítica, una ayuda, una manipulación... ¿Tengo en cuenta el modo de ser del otro?: sus limitaciones, sus necesidades, sus virtudes...


Sentirnos auténticos en compañía de los demás hace que podamos compartir nuestra vida y que esta adquiera un sentido imposible de construir en soledad. Por eso independientemente de lo difícil o hasta imposible que a veces sea, entenderse merece la pena.




domingo, 30 de octubre de 2016

De todo corazón


Se dice que a los amigos se les elige, a la familia no. Yo no tengo muy claro haber elegido a mis amigos, ni que estos me hayan elegido a mí, sí siento sin embargo que por azar o destino nos hemos encontrado, y que por motivos más o menos felices nos hemos buscado y nos hemos hecho necesarios. Sinceramente creo que hay un momento en la vida en el que uno debería sentir que tiene varios “hermanos”, que son esos amigos en los que se piensa a menudo, a los que uno desea cuidar, para los que se cocina y se festeja, y a quienes se llora cuando hay que llorar. Mis amigos no siempre me han gustado, he sentido hacia ellos lo que creo que casi todos hemos sentido alguna vez hacia nuestra familia. Tengo la impresión de que uno no siempre elige de quien depende. Los psicólogos procuramos ayudar a las personas a ser libres e inteligentes para que escojan sus mejores opciones, y en cierta medida esto es posible y absolutamente necesario, pero no nos pasemos; al igual que yo no puedo convertirme en cualquier persona, yo no puedo disfrutar de cualquier relación.


Los seres humanos tenemos una enorme fantasía, gracias a ella hemos construido grandes cosas y viajamos, ¡incluso a través del espacio! Es maravilloso. Gracias a ella podemos imaginar un mundo mejor y realmente creo que si le echamos coraje podemos conseguirlo. Pero tener imaginación es también bastante incómodo, estamos siempre deseando algo que no tenemos y suponiendo que las cosas deberían ser mejores. Tengo un hijo de 5 años que es el vivo ejemplo de lo que os cuento, ha entrado en una fase en la que no puede evitar desear constantemente algo, las ideas no paran de cruzar su cabeza, como os podéis imaginar quiere: juguetes, chuches, excursiones, ver a este o aquel, que me hubiera dado cuenta de esto o aquello, haber hecho esto o lo de más allá, casi todo lo nuevo… ¡y hasta casas!, como os podéis imaginar vive en una frustración perpetua, de no ser así tendría que aprovechar estas líneas para pedir limosna. ¿Y es que alguna vez cesa esa frustración? En realidad no, pero con suerte se vuelve una punzada que no te distrae del camino, formado por todos esos deseos amados y realizables, y no se apaga tu ilusión.

Cuántas veces nos hemos decepcionado con nuestros amigos, y de tantas otras cosas, un gran psicoanalista y pediatra, Winnicott, decía que el amor es sobrevivir a esa decepción, esa rabia, esa frustración… Pienso en los amigos a los que he “odiado” y he seguido queriendo, que me han “abandonado” y han vuelto a mí. Supongo que para ellos la experiencia ha sido la misma pero a la inversa, nuestros amigos funcionan como un espejo, y cuando nos pasa algo con ellos, a ellos también les está sucediendo algo muy parecido con nosotros.

Los psicólogos, como os decía, hacemos un especial hincapié en la libertad de las personas y en que estas la gestionen de una manera satisfactoria y responsable, en ese sentido uno evita ciertas compañías y rompe definitivamente con otras. Pero yo creo que son estas ocasiones excepcionales, al igual que lo es lograr algún cambio importante de conducta. La mayor parte del tiempo la vida nos reta a que la aceptemos tal cual, todas esas cosas que no deberían haber sucedido y que no deberíamos haber hecho parecen mirarnos a los ojos buscando una solución, sin haberla.


¿Cómo sería el ser humano si no tuviera un corazón siempre puesto a prueba por el dolor? A lo mejor no necesitaríamos amigos, nos bastaría con enamorarnos, que es bastante divertido (o debería serlo) y quedar de vez en cuando con alguien para realizar alguna actividad, pero desde luego no necesitaríamos a nadie. Parece que la solidaridad y el compañerismo, lo más bello del ser humano, hinca sus raíces en la desgracia compartida y en la celebración de una vida y unos tesoros que pueden perderse en cualquier momento.


El ser humano ha desarrollado su sentido moral dentro de este tejido de relaciones necesarias dentro de un entorno que nos somete a la precariedad, nuestra sociedad está basada en el intercambio de bienes y favores, gracias a ello hemos sobrevivido y evolucionado. Las personas podemos ser muy egoístas pero también buscamos que las relaciones sean justas y equitativas, no nos sentimos cómodos con los abusos, el engaño, la gorronería o la explotación. Otra cosa es que tengamos la mala costumbre de mirar a otro lado y que estemos “programados” para que sólo nos importe nuestro entorno más inmediato. ¡Pero por algo se empieza!, si no dejamos de cultivar este enorme potencial para ser fieles y equitativos, y no nos dejamos deprimir por los cuatro psicópatas que copan los telediarios, podemos lograr muchas cosas.

Pienso en los amigos que no están, los que nunca veo pero con los que a veces sueño, los que ya no viven pero que me parece seguir viendo. Quererles me trae recuerdos dolorosos pero también divertidos, yo no sería yo de no haber formado parte de mi vida. Mi madre me enseñó a no arrepentirme de nada porque de todo se aprende (hasta de la mala suerte), siempre he pensado que no hay que quejarse demasiado, y que es necesario agradecer y celebrar lo que la vida da: comemos, brindamos, bailamos, cantamos…, y lo hacemos juntos. Para mí la mayor alegría es la que me da la pertenencia, identificarme con mi mundo, mi especie, mi territorio, mi sociedad, mis orígenes, mis colegas, mi familia y mis amigos es mi mayor antídoto contra la soledad. Nunca basta con lo que uno tiene, por eso es tan importante que a uno también “lo tengan”.

viernes, 30 de septiembre de 2016

A veces nos abandonan

A veces nos abandonan, otras somos nosotros quienes abandonamos, y a menudo nadie sabe exactamente lo que ha pasado. En las relaciones nos sorprenden los accidentes, como en la carretera, y de pronto un choque inesperado nos separa. No se suele ver venir, aunque a posteriori siempre parece que existían muchas pistas. Es un misterio en qué medida te estabas engañando o era realmente imprevisible, lo cierto es que a la lógica tristeza por la pérdida se le une la angustia de comprobar nuestra falta de control.


Todos tenemos una larga ristra de agravios, y suele aparecer al completo cuando vuelven a hacernos daño. Todos nos hemos sentido abandonados o traicionados alguna vez, y le hemos dado mil vueltas a los motivos que han podido causarlo. Los menos culposos lo achacan a la envidia, los celos o la debilidad ajena; los más a haberse dejado engañar o haber provocado algo intolerable. Frecuentemente nos debatimos entre ambas posturas, al fin y al cabo pocas personas se consideran perfectas y a la mayoría nos han dejado muy claro cuáles son nuestros defectos.


Cuando una relación se rompe te las ves con “tus culpas”, esas que desearías no fueran tuyas pero han solido otorgarte. Es bonito pensar que podríamos habérnoslas ahorrado de haber tenido más suerte o mayor voluntad, pero la “sombra” es consustancial a nuestra condición humana: ¿De qué manera puede una persona arrancar de su corazón la frustración y la ira? Todos somos agresivos aunque no seamos necesariamente violentos, y este aspecto de nuestra humanidad es el que más trabajo da desde el principio. Educar es en gran medida canalizar la natural agresividad que nace en el niño cuando se frustra, esto no significa que vaya a quedar neutralizada para siempre, más bien implica que esa persona podrá intentar manejarse con ella cuando aparezca a lo largo de su vida, porque no hay vida sin decepciones. Deseamos mucho más de lo que conseguimos, y esto es una fuente inagotable de dolor.

Las personas que no se consideran agresivas deberían darnos miedo, no se conocen íntimamente y van a tender a eludir la responsabilidad de sus acciones. El silencio puede ser tan violento como cualquier grito, y no perdonar a alguien el castigo más cruel. Creemos que la agresividad es de los fuertes, los “grandes”, pero la persona más apocada puede ser la más destructiva, o el “débil”… La mayor agresividad es la de aquellos que aseguran no haber encontrado suficiente bondad a lo largo de su vida, la de los que sólo pueden quejarse, de hecho la queja es una de las manifestaciones más frecuentes (por permitidas) de la violencia. 

El debate sobre si hay que ser más o menos agresivo es estéril, puesto que todos lo somos, cada uno a nuestra manera. La cuestión es el uso que hacemos de ello y la manera en la que nos encargamos de las consecuencias indeseables. Generamos residuos emocionales como los generamos materiales, siempre dejamos una huella. Hay personas que creen que pueden encontrar la manera de ser neutrales, de no generar perturbación o influencia, de entrar y salir de la vida de los demás sin mayores consecuencias. Se engañan, el impacto es insoslayable, más vale que lo calculemos y que asumamos las consecuencias de nuestros errores.

Qué difícil es a veces entenderse, sobre todo en esos momentos en los que la herida abierta parece transformar al otro en mi enemigo. Las personas que han pasado por nuestra vida y nos han hecho daño han dejado sus rostros en nuestra memoria y estos, al modo de máscaras, se superponen en los momentos más inesperados al rostro de la persona en la que hasta entonces confiábamos. Suele ser recíproco, en la medida en la que el desencuentro abre una brecha, cada uno de los participantes se ve abocado a su particular “baile de máscaras”.

El otro es siempre inaprensible y misterioso, no sólo por las proyecciones a las que inevitablemente le sometemos, sino porque somos tan complejos como caóticos. Nos gusta considerarnos previsibles y congruentes, pero si revisamos honestamente nuestra vida reconoceremos que nos hemos llevado más de una sorpresa. Y es que sobre todo somos inconscientes, por ello nuestra voluntad se parece más a una lancha surcando un río desconocido que a un hierro bien anclado. Ser es navegar, aceptar nuestra falta de control y paradójicamente no soltar el timón, seguir intentándolo. Dirigirse es encauzar el caos, minimizar los daños y lamentar los golpes lo justo para poder reparar los daños y seguir la travesía.

La vida se ha comparado siempre a un viaje, una aventura sin destino. Es algo que sólo se puede hacer acompañado, por eso cuando alguien desaparece nos causa tanto dolor. Debemos procurar no perdernos los unos a los otros, pero también debemos aceptar que nuestros rumbos se separen, que nuestras relaciones naufraguen, y no desviarnos ni hundirnos con ellas.  Siempre hay alguien más esperando, y tenemos mucho que compartir si superamos nuestros rencores y volvemos a reunir el valor suficiente para volver a otorgar nuestra confianza.