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martes, 8 de septiembre de 2020

martes, 16 de abril de 2019

Inmovilizadas por la confianza

Aquí podéis acceder a mi artículo, publicado en el Blog La Plaza de El Salto, una publicación crítica e independiente con la que tengo el placer de colaborar y que os recomiendo seguir y apoyar a tod@s.

Blog La Plaza - El Salto

domingo, 10 de febrero de 2019

Volver a "casa"


Aquí tenéis mi último artículo publicado en el Blog La Plaza de El Salto.

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¡Merece la pena!


viernes, 20 de julio de 2018

La insoportable banalidad del mal

Gustav Doré

La mayoría de nosotros considera que las “malas personas” existen, pero raramente pensamos que formen parte de nuestro círculo más cercano. ¡Nosotros mismos desde luego no lo somos!, ¡y quizá no lo sea prácticamente nadie!..., todos tenemos nuestras luces y nuestras sombras, nuestros malos momentos y nuestros "pecados". Así el concepto de “mala persona” cae en desuso, al fin y al cabo comprender al prójimo y ser capaz de relativizar poniéndose en el lugar del otro es un valor humano, y los psicólogos mismos nos encargamos de procurar su desarrollo. Entonces, ¿ya no existe “el mal”?


A mi modo de ver si prescindimos del concepto del mal la vida humana se desvirtúa y perdemos nuestra dignidad. Porque si no existe “hacer el mal” deja de existir “hacer el bien”, si no hay “malas personas” tampoco puede haber “buenas personas”, y si no existen los “villanos” nos quedamos de pronto sin “héroes”. Ahora que tanta falta nos hacen. Y me pregunto: ¿cómo se puede motivar a las personas a tener un comportamiento moral y arriesgado si no es para salvarnos del “mal”? 

Considero que “el mal” es sinónimo de destrucción y que, como decía Hannah Arendt, tiene una base ”banal”, con lo que resulta “sencillo”, ya que es más un dejarse llevar que un proponerse dañar. Su “insoportable banalidad” nos obliga a todos a hacer un esfuerzo constante de atención, reflexión y escucha, que no es otra cosa que luchar contra nuestra inconsciencia.

Me gusta pensar que mi trabajo está al servicio de “la lucha contra el mal”, ya que procuro ganarle algo a la inconsciencia. No trato a personas que disfruten del sufrimiento ajeno (en psicología esto recibe el nombre de perversión o sadismo), nuestro mayor problema no son los psicópatas ni los sádicos, es cierto que desgraciadamente entre nuestros líderes hay una cantidad escalofriante de ellos, pero entre la gente de a pie hay muy pocos de ellos. 

Erich Fromm (1900-1980) en su obra “El corazón del hombre: su potencia para el bien y para el mal” nos dice: 

“El hombre ordinario con poder extraordinario es el principal peligro para la humanidad y no el malvado o el sádico”

En este libro Fromm analiza los orígenes de la violencia y la destrucción en el ser humano, lo cual considera es la mayor amenaza para la supervivencia de nuestra especie. Así mismo nos habla de la pasividad que caracteriza al ser humano contemporáneo, y cómo tiene su origen en la identificación de este con los valores del mercado. Nos hemos convertido en consumidores eternos e insatisfechos, devoradores de un mundo y una humanidad cada vez más agotada. El individuo orientado a la producción y el consumo se siente único y libre, no sujeto a ninguna moral o líder visible, y sin embargo está más dirigido que nunca, ya que sus deseos son subliminalmente programados y su inteligencia está atenazada por un bombardeo constante de mentiras y vacuidades. ¿Y no es la pasividad un abono para la destrucción?
Francis Bacon

Así mismo Fromm considera que nuestro mayor peligro es convertirnos en “robots”, el sistema necesita de individuos obedientes e irreflexivos, pero perder la capacidad crítica es desubjetivarse, lo cual está en el fondo de la epidemia de depresión, suicidios y sinsentido vital que nos acosa. Este sufrimiento existencial nos vuelve destructivos y acerca nuestra alma al diablo… 

Qué difícil resulta entender los problemas de nuestro mundo, nos sentimos desorientados e impotentes, sin saber cómo juzgar las situaciones o qué posición tomar. Necesitamos al menos hacernos responsables de nuestras inconsciencias, no basta con no tener "mala voluntad", hay que tener la voluntad de tenerla buena y emprender iniciativas concretas que busquen el bien común, no solo el propio. Fromm en su obra “¿Tener o Ser?” nos dice: 

“Vivir correctamente ya no es una demanda ética o religiosa. Por primera vez en la historia, la supervivencia física de la especie humana depende de un cambio radical del corazón humano” (...) “La avaricia y la paz se excluyen mutuamente”. 

Es muy fácil ser avaricioso inconscientemente, por ello siempre debemos preguntarnos si hacemos un uso responsable de nuestro poder, y tener en cuenta que cuanto mayor es este, mayor es nuestra responsabilidad. El “fuerte” debe cuidar del “débil”, el “sano” del “enfermo”, el “sabio” del “ignorante”, el “rico” del “pobre”… 

Los ricos y los poderosos no solo deben pagar más impuestos, sino que deben ser doblemente cuidadosos con sus acciones y decisiones, pues afectan al destino de la mayoría. Pongamos un ejemplo que se me presentó recientemente, un empresario lamentaba tener que declarar en quiebra su empresa y no poder pagar a sus trabajadores, alguien dijo: “no es una mala persona”, sin embargo no pensaba responder con su patrimonio y sí emplear el dinero que hiciera falta en abogados que pudieran librarle de sus deudas. Por descontado que su “patrimonio personal” era el producto de los beneficios que esa empresa ahora “quebrada” le había estado proporcionando durante los últimos años. ¿No es una “mala persona”?, quizá deberíamos preguntárselo a los trabajadores a los que debe varios sueldos, y a sus familias. Otro ejemplo, una persona sumamente adinerada hereda entre otras muchas propiedades un gran piso en el centro de Madrid y decide dividirlo en “viviendas” que no llegan a los 50 metros y con menos ventanas de las deseables para sacar un mayor beneficio con su alquiler. Esta persona no solo no necesita el dinero sino que vive en una casa de casi 500 metros también en el centro. ¿Es una “mala persona”? 

La inconsciencia siempre es interesada, en estos casos se llama egoísmo, pero debemos saber que lo que hacemos a los demás define quienes somos y nuestro destino.

domingo, 30 de octubre de 2016

Ángeles y demonios





“Los que conciben al diablo como partidario del mal y al ángel como combatiente del bien aceptan la demagogia de los ángeles. La cuestión es evidentemente más compleja. Los ángeles no son partidarios del bien, sino de la creación divina. El diablo es, por el contrario, aquel que le niega al mundo toda significación racional. La dominación del mundo, como se sabe, es compartida por ángeles y diablos. Sin embargo, el bien del mundo no requiere que los ángeles lleven ventaja sobre los diablos (como creía yo de niño), sino que los poderes de ambos estén más o menos equilibrados. Si hay en el mundo demasiado sentido indiscutible (el gobierno de los ángeles), el hombre sucumbe bajo su peso. Si el mundo pierde completamente su sentido (el gobierno de los diablos), tampoco se puede vivir en él.”(Milán Kundera. El Libro de la risa y el olvido. 1978)










La ambivalencia es humana por excelencia, pocas veces estamos seguros de nada, y así debe ser, pues los que presumen de poseer las soluciones perfectas y la razón indiscutible resultan finalmente ser unos farsantes, unos ingenuos o por lo menos demasiado pretenciosos. Sin embargo no podemos evitar desear sentirnos más seguros de nosotros mismos de lo que nos sentimos, gustarnos más de lo que nos gustamos, y completar incansablemente una vida a la que siempre parece faltarle algo. Somos seres “en falta”, pero no por “pecadores” como me enseñaron de niña, sino por nuestra a veces insoportable necesidad de desear.

En este mundo de luces y sombras también nos interrogamos sobre nuestra propia bondad, luchamos por definir de una vez por todas la dimensión exacta de nuestras responsabilidades, sin querer perder de vista nuestros intereses, o amando, a veces demasiado. Los límites nunca están claros, no se puede estar seguro de haber hecho lo mejor, de haber hecho suficiente, a veces ni siquiera sabemos si en nosotros actúo “el ángel” o “el diablo”. Somos ante todo esa voluntad que se observa a sí misma, a menudo perpleja, y que no puede determinar el devenir de los acontecimientos. Tampoco sería bueno que lo supiéramos y lo controláramos todo, en un universo en el que no caben las dudas tampoco caben las sorpresas, ni la libertad. Dejaríamos de sentirnos retados, nuestras experiencias se volverían predecibles y los juicios siempre estarían claros. Sin debate no hay humanidad, lo mismo que no hay familia sin conflictos o amor si vértigo. Porque tememos perdernos y dañarnos solemos ir de la mano, con esa preocupación constante por el otro, que es a la vez por uno mismo y su propio corazón.

“El hombre es un lobo para el hombre”, pero a la vez sólo otro ser humano te puede salvar la vida, “ángeles” o “demonios” solo contamos con nosotros mismos. De nuestra herencia van a depender muchas cosas, por eso cuando construimos algo hermoso sabemos que no lo hacemos sólo para nosotros. Hemos heredado, un nombre, un territorio, una educación y hasta los sueños. En el día a día gestionamos ese patrimonio, lo cultivamos o renegamos de él, lo transformamos o lo conservamos. Constantemente nos estamos posicionando a favor o en contra de lo que nos han transmitido o de lo que esperan de nosotros, no cabe la indiferencia, cualquier acto lo es de obediencia o rebeldía. Como dice Joan-Carles Mélich: “Un sujeto instalado del todo en su ser, en su presente, en su tradición, un sujeto fiel a su gramática, a su mundo simbólico, a sus marcos normativos, un sujeto que no sea desertor o nómada, un sujeto coherente y sin fisuras, es un fanático”. La ética, que es la respuesta al dolor y la necesidad del otro, se da en ese espacio confuso en el que nos encontramos y definimos. 

Beatriz Martin Vidal
Ser éticos es procurar un consuelo, generar un cobijo en el que poder sentirse a salvo o al menos acompañado. Cuántas cosas no podemos solucionar, no podemos entender, o no podemos evitar…, la impotencia que esto nos genera a veces nos hace perder de vista que nuestra mera presencia, al igual que un silencio compasivo, puede ser más poderosa que cualquier palabra. Para Mélich no hay ética porque sepamos qué es el bien sino porque hemos vivido y hemos sido testigos de la experiencia del mal (entendido como dolor). No hay ética porque uno cumpla con su deber sino porque nuestra respuesta ha sido adecuada, aunque nunca pueda ser suficientemente adecuada. No hay ética porque seamos dignos sino porque somos sensibles a lo indigno, a los excluidos, y así nos dice: “Yo no creo en el bien, creo en la bondad”, y “El yo no se constituye éticamente en relación al bien sino en respuesta al sufrimiento del otro”. Para él ser ético es no sentirse nunca lo suficientemente bueno. 

Cuando nos compadecemos nos hacemos humanos, porque aceptamos nuestra condición vulnerable y la dependencia que conlleva. Porque no podemos controlar absolutamente nuestras vidas, porque las situaciones límite nos atraviesan a todos, porque no vamos a vivir para siempre, porque no hemos elegido tantas cosas… Cuando respondemos a nuestra fragilidad no con vergüenza o culpa sino con cariño, se abre un espacio de oportunidades en el que nos podemos cuidar y perdonar tanto a nosotros mismos como a los demás. Pero nunca venceremos “los demonios”, el caos, la enfermedad, la muerte, el mal, el daño…, seguirán ahí, haciéndonos humanos. Vivimos en una eterna pregunta, en una frase inacabada, nunca nos conocemos del todo, el mundo siempre tiene algo de extraño y la existencia es un misterio que nadie sabe cómo empezó. La precariedad de nuestras intenciones, la voluntad que se tambalea, el mundo que tiembla, justifica la pasión con la que vivimos las cosas que nos son preciosas.

Dentro de nosotros arde, las más de las veces, un impulso irrefrenable por vivir y disfrutar la vida. Compadecernos de nuestra naturaleza sufriente y celebrar nuestra vitalidad, nos une a los otros seres vivos e incluso a las cosas. La materia parece estar empujada por un impulso ciego y poderoso que la lleva a crecer y transformarse. Nadie sabe por qué, pero somos parte de ello y no dejamos de hacerlo: vivimos. Vivimos con la esperanza de que todo mejore, de que nuestros hijos sean más sabios, de que un sentido nos ampare o de perdurar en algo bello.

sábado, 16 de abril de 2016

Un punto azul pálido


“Reducir al prójimo a su etnia, su raza, su religión, sus errores, sus culpas y su peor comportamiento nos ciega sobre lo que es él y sobre nosotros mismos”

Edgar Morin. La Vía. Para el futuro de la humanidad (2011)





Los terribles acontecimientos sucedidos en París hace tan sólo un par de días cuando escribo esto parecen confirmar nuestros peores temores, la guerra, adopte la forma que adopte, es el gran cáncer humano, un cáncer que hasta el momento no hemos sido capaces de extirpar. La guerra siempre parece justificada, nadie la ha considerado nunca un capricho y los que la apoyan no toman consciencia de hasta qué punto es un negocio. Los hombres fuertes, los poderosos, toman sus decisiones, asumen sus responsabilidades y dictan nuestros sacrificios en honor a sus interesados valores. ¿Por qué sólo respondemos con contundencia cuando somos atacados?, ¿no podemos responder con contundencia cuándo un genocidio sucede a nuestro lado? Las respuestas a las “crisis humanitarias” se toman bastante más tiempo y son bastante más ambiguas y parciales. Ya tenemos “un malo”, ya podemos sentirnos con derecho a mirar exclusivamente por nuestros intereses, al fin y al cabo la guerra los vuelve urgentes, para eso se ha inventado.

¿Es que alguien cree que en un mundo tan profundamente injusto y cruel como el nuestro es posible que haya paz?, ¿alguien realmente cree que nuestros “valores occidentales” son la respuesta al dolor que hay en el mundo? Nuestra civilización “desarrollada” se basa en la esclavitud, sus cimientos están podridos y los abusos que no dejamos de practicar generan un odio enloquecedor que se vuelve inevitablemente contra nosotros. “Ellos” harían lo mismo, claro, los “valores orientales” tampoco son la respuesta a nada, y los imperios del otro lado del globo son tan crueles y fanáticos como lo son los nuestros. El poder se vuelve abominable en manos humanas con sorprendente facilidad.

Identificarnos con una patria, una raza, una religión… nos enloquece, nos hace creernos distintos  y mejores que los que pertenecen a ese otro “grupo” que siempre resulta tan sospechoso. Cuando la verdad es que la tierra es nuestra patria y nuestro único hogar. El popular astrónomo Carl Sagan difundió una impactante imagen de la tierra tomada por la sonda espacial Voyager 1 desde una distancia de 6 000 millones de Kilometros, la fotografía muestra nuestra amada tierra como una pequeña mota o punto de luz prácticamente imperceptible en medio del cosmos. La foto fue tomada el 14 de febrero de 1990, Sagan publicó en 1994 un libro al que llamó, inspirándose en esta fotografía, “Un punto azul pálido: una visión del futuro humano en el espacio”, en él recoge las reflexiones a las que le llevó esta imagen:

Desde este lejano punto de vista, la Tierra puede no parecer muy interesante. Pero para nosotros es diferente. Considera de nuevo ese punto. Eso es aquí. Eso es nuestra casa. Eso somos nosotros. Todas las personas que has amado, conocido, de las que alguna vez oíste hablar, todos los seres humanos que han existido, han vivido en él. La suma de todas nuestras alegrías y sufrimientos, miles de ideologías, doctrinas económicas y religiones seguras de sí mismas, cada cazador y recolector, cada héroe y cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, cada niño esperanzado, cada inventor y explorador, cada profesor de moral, cada político corrupto, cada “superestrella”, cada “líder supremo”, cada santo y pecador en la historia de nuestra especie ha vivido ahí —en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol.


La Tierra es un escenario muy pequeño en la vasta arena cósmica. Piensa en los ríos de sangre vertida por todos esos generales y emperadores, para que, en gloria y triunfo, pudieran convertirse en amos momentáneos de una fracción de un punto. Piensa en las interminables crueldades cometidas por los habitantes de una esquina de este píxel sobre los apenas distinguibles habitantes de alguna otra esquina. Cuán frecuentes sus malentendidos, cuán ávidos están de matarse los unos a los otros, cómo de fervientes son sus odios. Nuestras posturas, nuestra importancia imaginaria, la ilusión de que ocupamos una posición privilegiada en el Universo... Todo eso es desafiado por este punto de luz pálida. Nuestro planeta es un solitario grano en la gran y envolvente penumbra cósmica. En nuestra oscuridad —en toda esta vastedad—, no hay ni un indicio de que vaya a llegar ayuda desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos.

La Tierra es el único mundo conocido hasta ahora que alberga vida. No hay ningún otro lugar, al menos en el futuro próximo, al cual nuestra especie pudiera migrar. Visitar, sí. Colonizar, aún no. Nos guste o no, por el momento la Tierra es donde tenemos que quedarnos. Se ha dicho que la astronomía es una experiencia de humildad, y formadora del carácter. Tal vez no hay mejor demostración de la locura de la soberbia humana que esta distante imagen de nuestro minúsculo mundo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos los unos a los otros más amable y compasivamente, y de preservar y querer ese punto azul pálido, el único hogar que siempre hemos conocido.

Creo que Sagan nos dice todo lo que necesitamos saber para resolver el callejón sin salida en el que nos encontramos. Como lo han hecho y lo están haciendo tantos pensadores como él, nos recuerda que compartimos un único hogar y una única historia, “la historia del ser humano”, de nosotros depende salir de las cavernas en las que aun nos encontramos y darnos cuenta de que enfrentándonos no llegamos más que a nuestra propia destrucción.

La guerra jamás es una respuesta, hasta ahora las mujeres siempre hemos sido las primeras en decirlo y deberíamos seguir siéndolo, porque siempre hemos sabido lo que vale una vida. La respuesta al terrorismo, que está basado en un odio enloquecido debe ser restaurar la justicia en los pueblos de dónde sacan a sus fanáticos, si nos limitamos a bombardearlos, a incrementar nuestro racismo, a cerrar nuestras fronteras y a negar el reparto de los bienes que deberían ser comunes, estaremos cavando nuestra propia tumba. Es natural odiar al que te odia, por eso el que te odia te sigue odiando a ti, naturalmente no siempre es posible quererse pero desde luego que es posible convivir.



miércoles, 16 de marzo de 2016

Tomar las riendas de nuestra vida: el miedo a la libertad y la sociedad del miedo

"Cuando un individuo desea hallarse en oposición a la autoridad, lo mejor que puede hacer es buscar apoyo a favor de su postura en los demás miembros del grupo. En la mutua ayuda que los hombres se prestan, halla el baluarte más fuerte que pueda tener contra los excesos de la autoridad" (S. Milgram)


El “Pensamiento único” o autoritarismo anula al individuo y su capacidad de razonar de forma independiente y crítica. Es fácil conseguirlo, somos “perezosos” y por motivos emocionales necesitamos pertenecer a grupos, con lo que nos dejamos llevar por el pensamiento y las decisiones que toman. Pero que muchas personas piensen lo mismo no significa nada, Galileo, Copérnico, Darwin, Freud… todos fueron impopulares porque fueron revolucionarios, ¿su “pecado”?: atentar contra el narcisismo humano. Veamos qué caracteriza al autoritarismo para que no anulen nuestra capacidad “revolucionaria”:


Es indiscutible. Presume de ser la única solución, esto se refleja en la propia formulación del problema o pregunta que resuelve, está planteada de tal manera que impide pensar en alternativas.


Chantajea. 
La desobediencia se presenta como una amenaza social, por ello una sociedad angustiada es una sociedad totalitaria, se produce un círculo vicioso.


Se equipara a la realidad/normalidad/ley natural. 
Presume de ser “el centro”, de representar al “sentido común”, cuando es un “realismo ingenuo” al que nos aferramos por la necesidad de sentirnos seguros. Está compuesto por los “lugares comunes” que cada sociedad acuerda, supuestas respuestas a los problemas que también supuestamente la acucian. En tanto que “natural”, lo que afirma sería evidente y necesario. Lo “natural” no existe, todo es construido en base a las creencias que imperan en cada momento histórico.


Es perfecto y desprecia la diferencia. 
No hace un examen de sus presupuestos, no se somete a análisis ni se corrige a sí mismo, no asume ningún error. En ese sentido vende la idea de “fuerza” y “pureza”, desprecia la autocrítica y niega su falibilidad. La contradicción, la paradoja, la crisis, el caos, el conflicto… queda fuera. Se vende como seguro, infalible, bueno, claro, único… La realidad es un “mapa” del “territorio”, hay mejores y peores mapas pero ninguno representa completamente el territorio, aunque nuestra mente nunca lo asuma completamente.


Por otro lado para entender la forma en la que somos manipulados siguen vigentes las herramientas verbales de los líderes que describiera Le Bon en 1895 en "la Psicología de las masas": la Afirmación, pura y simple, desprovista de todo razonamiento o prueba; y la Repetición porque lo que se repite, aunque sea mentira, finalmente se incrusta en las regiones profundas del inconsciente.


Somos diferentes, sentimos de forma diferente y las palabras no significan para todos lo mismo, (ni siquiera vemos los mismos colores). Muchas veces vemos esta diversidad como algo negativo, nos da vértigo porque nos deja sin asideros universales, sin certezas ni permanencia, nos pone en contacto con nuestra precariedad. Pero la diversidad posibilita la supervivencia, y por lo tanto la adaptación y la evolución, (solo tenemos que ver su protagonismo en la naturaleza).


Dos variables que nos ayudan a desobedecer:

En el famoso experimento sobre la obediencia a la autoridad de Stanley Milgram (Universidad de Yale) se constató que hay dos variables fundamentales a la hora de debilitar nuestra tendencia a obedecer irreflexivamente:

1. Órdenes contradictorias 
La duda sembrada sobre a cuál de las dos autoridades seguir, paralizaba la acción. Y es que es importante para la actitud obediente observar seguridad en la autoridad.

2. Otros desobedecen o el efecto perturbador del grupo 
Cuando Milgram introdujo el grupo en su experimento el resultado fue el inverso de lo ocurrido en los otros, la mayoría desobedeció cuando observó que lo hacían sus compañeros. Curiosamente, en el cuestionario que se pasó después los sujetos no dieron ninguna importancia al grupo, manifestando que actuaron desobedeciendo por sí mismos, sin ser influidos por el comportamiento de los demás. Fantaseamos con una “independencia” de la que carecemos completamente.

Los factores que Milgram propuso como decisivos en la influencia del grupo fueron: la idea de desobedecer se ve como normal cuando los iguales lo hacen, se dispersa la responsabilidad entre varios, disminuye la angustia porque el posible castigo será compartido.


Algunos consejos...

Valora la Diversidad
Ten diferentes fuentes de información sobre diversos temas, cuidado con la excesiva especialización y con despreciar ideas, por otro lado como decía C. Sagan, no hay que tener “la mente tan abierta como para que se te caiga el cerebro”.

Practica el Autoanálisis
Es muy importante ser conscientes de las motivaciones personales que nos llevan a creer en algo, las angustias que calman, los deseos que colman… 

Asume tu Mortalidad
No somos “los últimos” y por ello nuestras conclusiones nunca son las “conclusiones finales”. Somos seres en tránsito que forman parte de una larguísima y en última instancia incomprensible cadena.