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jueves, 9 de marzo de 2023
martes, 8 de septiembre de 2020
viernes, 14 de septiembre de 2018
Amor y Esperanza

Ser querid@ es una de las más importantes necesidades humanas, las personas que han sufrido abandono son generalmente muy susceptibles y observadoras, suelen estar pendientes de los gestos del otro, buscando cualquier indicio que les pueda orientar en lo que más les preocupa: “¿soy aceptad@?”. El entorno es fundamental para aquell@s que han sufrido privaciones afectivas. Fuera de su hogar: en la escuela, la calle, el trabajo, con los amigos o con su pareja; tienen la oportunidad de aprender que pueden ser amad@s.
Sentirse amad@ o rechazad@ marca la identidad, preguntas como ¿quién soy yo para los demás?, ¿qué es valioso en mí?, ¿qué despreciable?... se responden de forma automática e inconsciente en los primeros años de vida. Es en la relación con nuestros cuidadores que creemos descubrir quién somos. Rebatir algunas respuestas y desautomatizar formas de estar con el otro que resultan dolorosas o inútiles, es un trabajo hecho de constancia y nunca se hace en solitario. Aprendemos a ser y sentirnos diferentes cuando encontramos personas que nos dan la oportunidad de ejercitar el cambio. Hay relaciones que “curan” y otras que “enferman”, para bien o para mal, nuestra identidad se moldea a través de ellas.
El problema es que algunas personas que han sufrido carencias afectivas han desarrollado mecanismos de defensa que les impiden tener nuevas experiencias que les demuestren que pueden esperar algo más de la vida. Es el caso de l@s que optan por la distancia emocional. Permanecer desinteresad@s por las demostraciones de afecto les ha permitido evitar la angustia de sentirse rechazadas, pero esto a su vez les impide crear lazos profundos y duraderos.
Por otro lado no todas las personas que han sufrido carencias afectivas son conscientes de ello. No haber sido suficientemente amado no tiene por qué provocar dolor, el dolor viene de la pérdida y ¿cómo se puede lamentar no tener algo que nunca se tuvo? Estas personas tienen otro tipo de síntomas que pasan más desapercibidos, uno de los más importantes es la desvitalización.
La pereza, el aburrimiento, la inconstancia, el desinterés por las relaciones sociales, el cansancio crónico, la inapetencia sexual, la indiferencia… Podríamos pensar que lo más grave que le puede suceder a alguien es sufrir intensamente, pero esto no es necesariamente cierto. Cuando ni siquiera se sufre con intensidad solo queda el vacío, y la sensación de vacío y apatía es muy dolorosa. Ante esto es frecuente que la persona busque algo que la “resucite” inmediatamente pero sin enfrentar su miedo a las relaciones afectivas, lo más común es recurrir a cualquier “intensidad” inmediata: las drogas, los enamoramientos consecutivos, el sexo compulsivo, las conductas de riesgo, la violencia…El sentimiento de vitalidad proviene de sentirse querid@ dentro de relaciones estables, de sentirse cuidad@ y necesari@. Cuando no ha quedado más remedio que estar sol@, renegar de esto y generar una precaria sensación de seguridad basada en la independencia absoluta es sin duda la mejor opción, pero ¿durante cuánto tiempo?. Porque en algún momento, por decepcionad@ que se esté, es necesario volver a recuperar la fe en los demás.
Recuperar la esperanza es siempre un acto heroico, volver a creer que la vida y algunas personas merecen la pena, después de haber sido herid@, implica volver a arriesgarse. Tener esperanza significa apostar aun habiendo perdido y sabiendo que se puede volver a perder.
lunes, 29 de enero de 2018
El laberinto de la queja
A menudo en mi trabajo
(y también en mi vida privada) me enfrento a un dilema importante, qué hacer
con las quejas recurrentes. Ya sean estas propias o ajenas, observo
invariablemente el desgaste que producen tanto a nivel individual ("el
quejoso" en cuestión) como relacional (el que las escucha con más o menos
paciencia). Mi maestro, el psicoanalista Hugo Bleichmar las definía como “el
cáncer del psiquismo”, ya que impiden emprender acciones eficaces inundando
a la persona de un sentimiento de impotencia muy peligroso y de difícil
resolución. Para él la queja recurrente es el resultado de un enfoque
equivocado sobre la realidad, ya que cualquiera de nosotros podría sentirse
víctima de múltiples desdichas analizando los acontecimientos desde ese prisma.
También reconocía que él personalmente tenía poca paciencia con estas
cuestiones... Es curioso lo crispantes que nos resultan a casi todos este tipo
de manifestaciones, sin importar cuál sea nuestra profesión o nuestras buenas
intenciones. Ante la queja el primer impulso suele ser ayudar a la persona,
empatizar con ella y ofrecerle soluciones. Yo diría que cuando esto surte
efecto no estamos ante una “queja cancerígena”, pero cuando descubrimos que
todo es inútil y la queja se sigue justificando como un desahogo o cuestión de
justicia, empezamos a perder la paciencia.
Hay momentos en nuestra vida en los que nos vemos invadidos por un sentimiento de protesta/lamentación, si esto nos lleva a tomar decisiones habrá sido una fase valiosa, pero si nos quedamos atascados en nuestras reivindicaciones sin solucionarlas, estas se vuelven contra nosotros. Como nos recuerda Naomi Klein en su última obra, "Decir no no basta", a la denuncia de la injusticia (social o personal) debe seguirle una propuesta creativa. Si queremos liderar un cambio (y todos somos potencialmente lideres de nuestra propia existencia) debemos actuar. Las ideas no mueven el mundo, nadie obedece a "las palabras", las personas cambiamos, nos inspiramos, por mimetismo, porque otro "hace o deja de hacer". Debemos por lo tanto darnos cuenta de lo absurdo que resulta reclamar que se atienda y se tenga en cuenta lo que "simplemente decimos", comunicarse/relacionarse va mucho más allá de lo que hablamos, se trata más bien de lo que hacemos. Vigilemos por lo tanto los mensajes/invitaciones que lanzamos a nivel no verbal, porque ellos son los "capitanes".
Protestar por algo no es malo en sí mismo, el problema surge cuando las quejas crecen de forma descontrolada dentro de nosotros, en esos casos lo provechoso que podrían tener se pierde, ya no nos llevan a tomar decisiones transformadoras ni nos desahogan verdaderamente, sólo nos invaden. Esta invasión puede pasarnos desapercibida porque todos tendemos a autojustificarnos, especialmente en nuestros sentimientos dolorosos, y pensaremos que es “normal” que nos sintamos así, que pensemos así y que digamos lo que decimos. Sentimos que somos genuinamente nosotros, y que tenemos derecho a reivindicar nuestro malestar. Por supuesto todo esto es cierto, uno es como es y tiene derecho a sentirse como se siente, pero la cuestión es que uno puede "modelar su forma de ser", y no por la conveniencia de los demás, sino por la propia. Obcecarse en "ser uno mismo" o "auténtico" es una obsesión como cualquier otra, yo diría que tener las cosas demasiado claras demasiado tiempo... es mala señal. Más aún, no somos precisamente unos ángeles, hay aspectos de nuestra personalidad que se vuelven contra nosotros y se convierten en nuestro peor enemigo. Nuestras defensas psíquicas, al igual que las de nuestro propio sistema inmunitario, pueden "atacar/repeler" de forma equivocada situaciones que no son realmente dañinas volviéndonos "alérgicos" a ellas.
Como el cáncer, la queja suele producir “metástasis”, y la persona puede sentirse rodeada de problemas. Es importante no perder mucho tiempo abordando de uno en uno cada uno de estos asuntos y encontrar cuál es la raíz del malestar. La raíz de una problemática como esta varía: la persona puede tener un conflicto interno sin resolver que le atormenta inconscientemente, o puede estar siendo víctima de una situación concreta en su presente que le pasa desapercibida o no encuentra como encarar, o puede haber interiorizado una actitud crítica que le hace más destructiva de lo que puede reconocer...
Sea cual sea el origen, lo cierto es que se convierte en un hábito, y como tal, es difícil de romper porque genera una serie de beneficios secundarios a los que debemos estar dispuestos a renunciar. Para mí el principal "beneficio" es “tener razón/sentirse bueno”, esto a todos nos resulta muy adictivo, y a veces por afirmarnos en nuestras “razones y bondades” perdemos cosas muy importantes: relaciones significativas, oportunidades, paz mental…
No hay una manera "estándar" de salir del "laberinto de la queja" pues, como veíamos, tras ella se esconden los conflictos más diversos. Sin embargo el primer paso siempre es el mismo: reconocer que se tiene un problema y reflexionar sobre cuál es nuestra participación para que este se mantenga. Esto al menos nos predispone a recibir la ayuda requerida para generar los cambios necesarios en nosotros mismos y en nuestras vidas. Sin embargo, ¡cuidado a su vez con la promesa del cambio!, es fácil dejarnos persuadir por la idea de que “el cambio” obra “mágicamente” y nos libra de todo pesar. La desesperación puede conducirnos a tomar decisiones poco meditadas o a poner demasiadas expectativas en el poder transformador de estas, lo cual nos vuelve a conducir a la decepción. Por ello nunca debemos perder de vista que la transformación más importante es la que logramos en nuestro interior y en nuestra manera de relacionarnos cuando reunimos el coraje de enfrentarnos a nosotros mismos.
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