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martes, 8 de septiembre de 2020
martes, 16 de abril de 2019
Inmovilizadas por la confianza
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domingo, 10 de febrero de 2019
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miércoles, 26 de septiembre de 2018
Introducción a la resistencia psicológica: impotencia vs. activismo
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viernes, 14 de septiembre de 2018
Amor y Esperanza

Ser querid@ es una de las más importantes necesidades humanas, las personas que han sufrido abandono son generalmente muy susceptibles y observadoras, suelen estar pendientes de los gestos del otro, buscando cualquier indicio que les pueda orientar en lo que más les preocupa: “¿soy aceptad@?”. El entorno es fundamental para aquell@s que han sufrido privaciones afectivas. Fuera de su hogar: en la escuela, la calle, el trabajo, con los amigos o con su pareja; tienen la oportunidad de aprender que pueden ser amad@s.
Sentirse amad@ o rechazad@ marca la identidad, preguntas como ¿quién soy yo para los demás?, ¿qué es valioso en mí?, ¿qué despreciable?... se responden de forma automática e inconsciente en los primeros años de vida. Es en la relación con nuestros cuidadores que creemos descubrir quién somos. Rebatir algunas respuestas y desautomatizar formas de estar con el otro que resultan dolorosas o inútiles, es un trabajo hecho de constancia y nunca se hace en solitario. Aprendemos a ser y sentirnos diferentes cuando encontramos personas que nos dan la oportunidad de ejercitar el cambio. Hay relaciones que “curan” y otras que “enferman”, para bien o para mal, nuestra identidad se moldea a través de ellas.
El problema es que algunas personas que han sufrido carencias afectivas han desarrollado mecanismos de defensa que les impiden tener nuevas experiencias que les demuestren que pueden esperar algo más de la vida. Es el caso de l@s que optan por la distancia emocional. Permanecer desinteresad@s por las demostraciones de afecto les ha permitido evitar la angustia de sentirse rechazadas, pero esto a su vez les impide crear lazos profundos y duraderos.
Por otro lado no todas las personas que han sufrido carencias afectivas son conscientes de ello. No haber sido suficientemente amado no tiene por qué provocar dolor, el dolor viene de la pérdida y ¿cómo se puede lamentar no tener algo que nunca se tuvo? Estas personas tienen otro tipo de síntomas que pasan más desapercibidos, uno de los más importantes es la desvitalización.
La pereza, el aburrimiento, la inconstancia, el desinterés por las relaciones sociales, el cansancio crónico, la inapetencia sexual, la indiferencia… Podríamos pensar que lo más grave que le puede suceder a alguien es sufrir intensamente, pero esto no es necesariamente cierto. Cuando ni siquiera se sufre con intensidad solo queda el vacío, y la sensación de vacío y apatía es muy dolorosa. Ante esto es frecuente que la persona busque algo que la “resucite” inmediatamente pero sin enfrentar su miedo a las relaciones afectivas, lo más común es recurrir a cualquier “intensidad” inmediata: las drogas, los enamoramientos consecutivos, el sexo compulsivo, las conductas de riesgo, la violencia…El sentimiento de vitalidad proviene de sentirse querid@ dentro de relaciones estables, de sentirse cuidad@ y necesari@. Cuando no ha quedado más remedio que estar sol@, renegar de esto y generar una precaria sensación de seguridad basada en la independencia absoluta es sin duda la mejor opción, pero ¿durante cuánto tiempo?. Porque en algún momento, por decepcionad@ que se esté, es necesario volver a recuperar la fe en los demás.
Recuperar la esperanza es siempre un acto heroico, volver a creer que la vida y algunas personas merecen la pena, después de haber sido herid@, implica volver a arriesgarse. Tener esperanza significa apostar aun habiendo perdido y sabiendo que se puede volver a perder.
viernes, 20 de julio de 2018
La insoportable banalidad del mal
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| Gustav Doré |
La mayoría de nosotros considera que las “malas personas” existen, pero raramente pensamos que formen parte de nuestro círculo más cercano. ¡Nosotros mismos desde luego no lo somos!, ¡y quizá no lo sea prácticamente nadie!..., todos tenemos nuestras luces y nuestras sombras, nuestros malos momentos y nuestros "pecados". Así el concepto de “mala persona” cae en desuso, al fin y al cabo comprender al prójimo y ser capaz de relativizar poniéndose en el lugar del otro es un valor humano, y los psicólogos mismos nos encargamos de procurar su desarrollo. Entonces, ¿ya no existe “el mal”?
A mi modo de ver si prescindimos del concepto del mal la vida humana se desvirtúa y perdemos nuestra dignidad. Porque si no existe “hacer el mal” deja de existir “hacer el bien”, si no hay “malas personas” tampoco puede haber “buenas personas”, y si no existen los “villanos” nos quedamos de pronto sin “héroes”. Ahora que tanta falta nos hacen. Y me pregunto: ¿cómo se puede motivar a las personas a tener un comportamiento moral y arriesgado si no es para salvarnos del “mal”?
Considero que “el mal” es sinónimo de destrucción y que, como decía Hannah Arendt, tiene una base ”banal”, con lo que resulta “sencillo”, ya que es más un dejarse llevar que un proponerse dañar. Su “insoportable banalidad” nos obliga a todos a hacer un esfuerzo constante de atención, reflexión y escucha, que no es otra cosa que luchar contra nuestra inconsciencia.
Me gusta pensar que mi trabajo está al servicio de “la lucha contra el mal”, ya que procuro ganarle algo a la inconsciencia. No trato a personas que disfruten del sufrimiento ajeno (en psicología esto recibe el nombre de perversión o sadismo), nuestro mayor problema no son los psicópatas ni los sádicos, es cierto que desgraciadamente entre nuestros líderes hay una cantidad escalofriante de ellos, pero entre la gente de a pie hay muy pocos de ellos.
Erich Fromm (1900-1980) en su obra “El corazón del hombre: su potencia para el bien y para el mal” nos dice:
“El hombre ordinario con poder extraordinario es el principal peligro para la humanidad y no el malvado o el sádico”
En este libro Fromm analiza los orígenes de la violencia y la destrucción en el ser humano, lo cual considera es la mayor amenaza para la supervivencia de nuestra especie. Así mismo nos habla de la pasividad que caracteriza al ser humano contemporáneo, y cómo tiene su origen en la identificación de este con los valores del mercado. Nos hemos convertido en consumidores eternos e insatisfechos, devoradores de un mundo y una humanidad cada vez más agotada. El individuo orientado a la producción y el consumo se siente único y libre, no sujeto a ninguna moral o líder visible, y sin embargo está más dirigido que nunca, ya que sus deseos son subliminalmente programados y su inteligencia está atenazada por un bombardeo constante de mentiras y vacuidades. ¿Y no es la pasividad un abono para la destrucción?
Así mismo Fromm considera que nuestro mayor peligro es convertirnos en “robots”, el sistema necesita de individuos obedientes e irreflexivos, pero perder la capacidad crítica es desubjetivarse, lo cual está en el fondo de la epidemia de depresión, suicidios y sinsentido vital que nos acosa. Este sufrimiento existencial nos vuelve destructivos y acerca nuestra alma al diablo…
Qué difícil resulta entender los problemas de nuestro mundo, nos sentimos desorientados e impotentes, sin saber cómo juzgar las situaciones o qué posición tomar. Necesitamos al menos hacernos responsables de nuestras inconsciencias, no basta con no tener "mala voluntad", hay que tener la voluntad de tenerla buena y emprender iniciativas concretas que busquen el bien común, no solo el propio. Fromm en su obra “¿Tener o Ser?” nos dice:
“Vivir correctamente ya no es una demanda ética o religiosa. Por primera vez en la historia, la supervivencia física de la especie humana depende de un cambio radical del corazón humano” (...) “La avaricia y la paz se excluyen mutuamente”.
Es muy fácil ser avaricioso inconscientemente, por ello siempre debemos preguntarnos si hacemos un uso responsable de nuestro poder, y tener en cuenta que cuanto mayor es este, mayor es nuestra responsabilidad. El “fuerte” debe cuidar del “débil”, el “sano” del “enfermo”, el “sabio” del “ignorante”, el “rico” del “pobre”…
Los ricos y los poderosos no solo deben pagar más impuestos, sino que deben ser doblemente cuidadosos con sus acciones y decisiones, pues afectan al destino de la mayoría. Pongamos un ejemplo que se me presentó recientemente, un empresario lamentaba tener que declarar en quiebra su empresa y no poder pagar a sus trabajadores, alguien dijo: “no es una mala persona”, sin embargo no pensaba responder con su patrimonio y sí emplear el dinero que hiciera falta en abogados que pudieran librarle de sus deudas. Por descontado que su “patrimonio personal” era el producto de los beneficios que esa empresa ahora “quebrada” le había estado proporcionando durante los últimos años. ¿No es una “mala persona”?, quizá deberíamos preguntárselo a los trabajadores a los que debe varios sueldos, y a sus familias. Otro ejemplo, una persona sumamente adinerada hereda entre otras muchas propiedades un gran piso en el centro de Madrid y decide dividirlo en “viviendas” que no llegan a los 50 metros y con menos ventanas de las deseables para sacar un mayor beneficio con su alquiler. Esta persona no solo no necesita el dinero sino que vive en una casa de casi 500 metros también en el centro. ¿Es una “mala persona”?
La inconsciencia siempre es interesada, en estos casos se llama egoísmo, pero debemos saber que lo que hacemos a los demás define quienes somos y nuestro destino.
domingo, 27 de mayo de 2018
Autenticidad y compañía
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| Beatriz Martin Vidal |
Por increíble que parezca, en los tiempos que vivimos, la era de la comunicación constante, rápida y efectiva, donde tod@s tenemos un móvil, varios perfiles sociales y una prácticamente inagotable tarifa de datos, estamos perdiendo nuestra capacidad para establecer relaciones y hacernos entender. ¿Cómo es esto posible? Parece que la tecnología no acaba de ser la solución a nuestros dilemas humanos. ¿Y cuál es el mayor problema en el ser humano? Vivir feliz, lo cual depende en gran medida de la capacidad para entrar en contacto con l@s demás y sentirse satisfech@ de ello. Nos quejamos de la falta de solidaridad, del egoísmo, de que "nadie escucha" o de lo difícil que es convivir... ¿La solución?: vamos a apostar por el conocimiento.
El pilar básico de la comunicación es ser consciente de un@ mism@, esto implica que tengo la capacidad de darme cuenta de qué necesidades intento cubrir cuando entro en contacto con alguien. En muchos conflictos lo que nos encontramos es con que no sabemos qué nos está sucediendo a nosotr@s mism@s: es algo que precede al diálogo con el otro, y es el diálogo interno: lo que me digo a mi mism@. Mi autoestima, la idea preconcebida sobre lo que puedo esperar del mundo y de las personas que me rodean..., no son sólo creencias, son sentimientos y pasiones.
Para adquirir este conocimiento, que no es otro que la consciencia personal, no solo es crucial afrontar cómo se sienten los demás conmigo (lo cual muchas veces nos angustia tanto que ni lo queremos saber), sino también aprender a autoanalizarme.
Los espacios grupales (destinados tanto a la colaboración como al ocio) suelen ser conflictivos, pero no debemos renunciar a ellos puesto que son un lugar privilegiado para encontrarnos a nosotr@s mism@s en el espejo de l@s compañer@s. No es extraño que repitamos una y otra vez los mismos errores y nos enfrentemos al mismo malestar emocional, pero no debemos ceder al desaliento, no debemos aislarnos ni conformarnos con las "pseudorelaciones" que ofrecen las redes sociales. El conflicto es oportunidad de autoanálisis y aprendizaje vital.
De nuestro entorno hemos aprendido cómo construir y cómo destruir, hemos heredado de los nuestros sus orgullos y temores. Pero ahora somos adultos y el reto se plantea: ser persona desde mis auténticas necesidades y mis propios valores, orientarme teniendo en cuenta tanto mis debilidades como mis fortalezas, y dar a los que me rodean lo que honestamente puedo y deseo dar. "Hacerse mayor" es saber decir adiós, a lo “sabido” que ya no funciona, a lo "familiar" que ya no puede ser...
Cuando conseguimos "depurar" nuestros diálogos internos y nos conducimos a nosotr@s mism@s con honestidad y cariño, hemos dado el primer paso hacia la comunicación plena y eficaz. Pero esto no es todo, justo delante de nosotr@s hay otro mundo, el irrepetible mundo de "el otro": ¿sabemos escuchar? ¡Cuantísimas veces una actitud defensiva nos impide enriquecernos de nuestras diferencias! ¿Desde dónde escucho?: desconfianza, prepotencia, desesperanza... ¿Cómo interpreto lo que me dicen?: como una crítica, una ayuda, una manipulación... ¿Tengo en cuenta el modo de ser del otro?: sus limitaciones, sus necesidades, sus virtudes...Sentirnos auténticos en compañía de los demás hace que podamos compartir nuestra vida y que esta adquiera un sentido imposible de construir en soledad. Por eso independientemente de lo difícil o hasta imposible que a veces sea, entenderse merece la pena.
lunes, 29 de enero de 2018
El laberinto de la queja
A menudo en mi trabajo
(y también en mi vida privada) me enfrento a un dilema importante, qué hacer
con las quejas recurrentes. Ya sean estas propias o ajenas, observo
invariablemente el desgaste que producen tanto a nivel individual ("el
quejoso" en cuestión) como relacional (el que las escucha con más o menos
paciencia). Mi maestro, el psicoanalista Hugo Bleichmar las definía como “el
cáncer del psiquismo”, ya que impiden emprender acciones eficaces inundando
a la persona de un sentimiento de impotencia muy peligroso y de difícil
resolución. Para él la queja recurrente es el resultado de un enfoque
equivocado sobre la realidad, ya que cualquiera de nosotros podría sentirse
víctima de múltiples desdichas analizando los acontecimientos desde ese prisma.
También reconocía que él personalmente tenía poca paciencia con estas
cuestiones... Es curioso lo crispantes que nos resultan a casi todos este tipo
de manifestaciones, sin importar cuál sea nuestra profesión o nuestras buenas
intenciones. Ante la queja el primer impulso suele ser ayudar a la persona,
empatizar con ella y ofrecerle soluciones. Yo diría que cuando esto surte
efecto no estamos ante una “queja cancerígena”, pero cuando descubrimos que
todo es inútil y la queja se sigue justificando como un desahogo o cuestión de
justicia, empezamos a perder la paciencia.
Hay momentos en nuestra vida en los que nos vemos invadidos por un sentimiento de protesta/lamentación, si esto nos lleva a tomar decisiones habrá sido una fase valiosa, pero si nos quedamos atascados en nuestras reivindicaciones sin solucionarlas, estas se vuelven contra nosotros. Como nos recuerda Naomi Klein en su última obra, "Decir no no basta", a la denuncia de la injusticia (social o personal) debe seguirle una propuesta creativa. Si queremos liderar un cambio (y todos somos potencialmente lideres de nuestra propia existencia) debemos actuar. Las ideas no mueven el mundo, nadie obedece a "las palabras", las personas cambiamos, nos inspiramos, por mimetismo, porque otro "hace o deja de hacer". Debemos por lo tanto darnos cuenta de lo absurdo que resulta reclamar que se atienda y se tenga en cuenta lo que "simplemente decimos", comunicarse/relacionarse va mucho más allá de lo que hablamos, se trata más bien de lo que hacemos. Vigilemos por lo tanto los mensajes/invitaciones que lanzamos a nivel no verbal, porque ellos son los "capitanes".
Protestar por algo no es malo en sí mismo, el problema surge cuando las quejas crecen de forma descontrolada dentro de nosotros, en esos casos lo provechoso que podrían tener se pierde, ya no nos llevan a tomar decisiones transformadoras ni nos desahogan verdaderamente, sólo nos invaden. Esta invasión puede pasarnos desapercibida porque todos tendemos a autojustificarnos, especialmente en nuestros sentimientos dolorosos, y pensaremos que es “normal” que nos sintamos así, que pensemos así y que digamos lo que decimos. Sentimos que somos genuinamente nosotros, y que tenemos derecho a reivindicar nuestro malestar. Por supuesto todo esto es cierto, uno es como es y tiene derecho a sentirse como se siente, pero la cuestión es que uno puede "modelar su forma de ser", y no por la conveniencia de los demás, sino por la propia. Obcecarse en "ser uno mismo" o "auténtico" es una obsesión como cualquier otra, yo diría que tener las cosas demasiado claras demasiado tiempo... es mala señal. Más aún, no somos precisamente unos ángeles, hay aspectos de nuestra personalidad que se vuelven contra nosotros y se convierten en nuestro peor enemigo. Nuestras defensas psíquicas, al igual que las de nuestro propio sistema inmunitario, pueden "atacar/repeler" de forma equivocada situaciones que no son realmente dañinas volviéndonos "alérgicos" a ellas.
Como el cáncer, la queja suele producir “metástasis”, y la persona puede sentirse rodeada de problemas. Es importante no perder mucho tiempo abordando de uno en uno cada uno de estos asuntos y encontrar cuál es la raíz del malestar. La raíz de una problemática como esta varía: la persona puede tener un conflicto interno sin resolver que le atormenta inconscientemente, o puede estar siendo víctima de una situación concreta en su presente que le pasa desapercibida o no encuentra como encarar, o puede haber interiorizado una actitud crítica que le hace más destructiva de lo que puede reconocer...
Sea cual sea el origen, lo cierto es que se convierte en un hábito, y como tal, es difícil de romper porque genera una serie de beneficios secundarios a los que debemos estar dispuestos a renunciar. Para mí el principal "beneficio" es “tener razón/sentirse bueno”, esto a todos nos resulta muy adictivo, y a veces por afirmarnos en nuestras “razones y bondades” perdemos cosas muy importantes: relaciones significativas, oportunidades, paz mental…
No hay una manera "estándar" de salir del "laberinto de la queja" pues, como veíamos, tras ella se esconden los conflictos más diversos. Sin embargo el primer paso siempre es el mismo: reconocer que se tiene un problema y reflexionar sobre cuál es nuestra participación para que este se mantenga. Esto al menos nos predispone a recibir la ayuda requerida para generar los cambios necesarios en nosotros mismos y en nuestras vidas. Sin embargo, ¡cuidado a su vez con la promesa del cambio!, es fácil dejarnos persuadir por la idea de que “el cambio” obra “mágicamente” y nos libra de todo pesar. La desesperación puede conducirnos a tomar decisiones poco meditadas o a poner demasiadas expectativas en el poder transformador de estas, lo cual nos vuelve a conducir a la decepción. Por ello nunca debemos perder de vista que la transformación más importante es la que logramos en nuestro interior y en nuestra manera de relacionarnos cuando reunimos el coraje de enfrentarnos a nosotros mismos.
martes, 2 de enero de 2018
Por amor propio
Cada vez parece más difícil “saber lo que queremos”, nuestro rol de clientes y consumidores paradójicamente nos está volviendo conformistas y muy poco originales, como si entre “tanta cosa” disponible nosotros mismos nos hubiéramos vuelto inasequibles. Hay demasiadas personas que no saben lo que quieren y no se animan a decidir casi nada, que pagan para que un experto les diga lo que les conviene o para que un “vidente” les lea (¿o escriba?) su destino. Hemos adquirido un rol pasivo hacía nuestros propios deseos, nos han habituado a mirar hacia fuera para definirlos, a tomarlos de la constante publicidad. Con ese “bombardeo” resulta imposible definir nuestras prioridades, y sobre todo, que realmente sean personales.
Los psicólogos también lanzamos nuestros propios mensajes: “Eres tú quien debes elegir y cultivar tus deseos, y procurar que se cumplan…” Pero ¿cómo lograr ese estado de lucidez?, ¿de dónde sacar la valentía y la fe necesaria? Por un lado en una vida vacía, que es una vida descuidada, el “amor propio” no puede desarrollarse; por otro lado donde no hay previamente “amor propio” no hay posibilidad verdadera vida. El floreciente negocio del “cuidado personal” no parece que abunde en nuestra felicidad ni en nuestra fortaleza, más bien parece debilitarnos física y moralmente. Sin duda es una empresa heroica conservar cierta autonomía en este estado de “invasión capitalista”, el sistema se está radicalizando de tal manera que prácticamente ha aniquilado la famosa libertad individual que prometía.
El problema no es ni fue nunca nuestra “actitud personal”, el problema es, como siempre ha sido, social; el ser humano aún no ha conseguido un modelo de convivencia no perverso: la explotación, la desigualdad y la violencia atraviesan nuestras vidas de una u otra manera. El reto personal es resistir, que no es poco, porque la verdadera resistencia es transformadora, ya que es contestataria, no “obedece” las normas ni se deja seducir por las mayorías. Con vosotros quiero compartir algunos “puntos psicológicos de anclaje” que creo pueden servir de aliados a este fenomenal propósito:
El Silencio
Necesitamos escapar del ruido y de tanta palabrería. Busca el silencio y la soledad para poder recuperar la capacidad de reflexionar de forma profunda y sosegada. Eso además te pondrá en contacto con tu creatividad, las buenas ideas y las mejores decisiones se gestan inconscientemente en esos espacios de aparente vacío.
Procura que el encuentro con tus seres queridos se produzca en ambientes sin interrupciones ni distracciones, así podrás conectarte emocionalmente y sentirte realmente acompañado. ¡Silencia el móvil!, la compañía de alguien requiere la misma atención y respeto que una película.
La Autoridad
También necesitamos encontrar una nueva autoridad que acalle las consignas del sistema. Lee, pero no las noticias, discute pero no veas cómo otros lo hacen en la tele. Bucea en los ensayos que no están en el mostrador de las librerías y recupera la pasión por el arte en cualquiera de sus formas.
La inteligencia y la belleza deben ser las varas para medir a cualquier líder. Si no nos cultivamos, no tendremos el criterio suficiente para distinguir a los mejores, o no podremos convertirnos en uno de ellos.
El Apego
Necesitamos volver a apegarnos a nuestros objetos y nuestra gente, cuidar de no volverlos sustituibles a la primera de cambio. ¡Que lo que te rodea te dure más que tu móvil! Encontrar una vocación, una afición, un grupo de amigos, y ser fiel a ello, nos proporciona un espacio protegido dentro del cual podemos ir siendo, sintiendo, viviendo...
Nos desarrollamos en entornos estables, pero la estabilidad no nos la da “la bolsa” sino nuestros apegos y compromisos. Elige y quédate, ten paciencia.
La Militancia
Necesitamos involucrarnos con nuestro entorno y adquirir sentido de responsabilidad social. Esto implica ejercer nuestra autoridad y nuestro mayor poder es la desobediencia. Cuando nos limitamos a delegar en nuestros representantes estamos siendo irresponsables, como lo somos cuando consideramos que es posible ser “apolítico” y permanecer al margen.
Siempre adoptas una posición, si no es en contra es a favor, la “neutralidad” es colaboración, ¡no hay manera de escaparse!
El Feminismo
Las reacciones reivindicativas son especialmente censuradas en las mujeres, fácilmente pueden acusarte de ser dominante en situaciones en las que a un hombre se le apreciaría por su capacidad de liderazgo. Ejercer el poder sigue siendo un tabú para nosotras, superarlo es algo que abundará en nuestro orgullo personal y nos hará a todos más fuertes.
¡La mitad de la población tiene mucho que aportar en este incierto viaje! Que los absurdos “pudores femeninos” no te dejen callada, libérate del miedo a ser “mala” o “tonta”, ¡o de parecerlo!
Por otro lado, sólo desde el feminismo se puede amar realmente a un hombre, de otra manera la relación con él es asimétrica e inevitablemente se va cargando de rencor. El feminismo posibilita que colaboremos de una forma fructífera y que nos valoremos mutuamente.
La Amistad
Necesitamos sentirnos importantes y si lo podemos ser para alguien es para nuestros amigos. No es

fácil, a menudo sentimos que no somos lo suficientemente valorados o tenemos miedo a que nuestra influencia resulte negativa. El miedo a dejar nuestra “huella” puede conducirnos a evitar la intimidad y a no ser lo bastante honestos. Relacionarse siempre implica algún riesgo y hay que tomarlo, si somos demasiado individualistas acabamos aislados. Debemos tener la confianza de intervenir, opinar, aconsejar… un amigo, como un ciudadano, no puede ser neutral.
En ocasiones hay que plantearse si alejamos a los demás sin darnos cuenta. Pregúntate qué les transmites, la agresividad y la amargura son grandes repelentes, si eres demasiado crítico quizá tengas tus buenas razones, pero ninguna de ellas te librará de quedarte solo. El otro es una compañía, no una solución, al igual que tu presencia es un plus en la vida del otro, no la clave de su felicidad. No te exijas ni le exijas demasiado, agradece siempre lo que te dan, y no des nada por hecho.
Cada vez hay más personas que no saben actuar cuando a un amigo le sucede una desgracia, les parece que no tienen nada que ofrecer porque no hay solución posible a su sufrimiento. Nuestros abuelos lo tenían mucho más claro, sólo tenemos que estar, que hacernos presentes, que acompañar en el dolor y en el silencio. Resignarnos juntos nos une profundamente, cuando nada se puede hacer es cuando necesitamos darnos la mano. En esta sociedad adolescente, vendedora incansable de “soluciones mágicas”, parece que si no cuentas con una te quedas en nada, cuando tenernos los unos a los otros lo es todo en realidad.
El Amor
Procura que el dinero signifique lo justo para vivir, y que tus mayores placeres no resulten caros. Vivimos asfixiados entre ofertas, imágenes estilizadas y productos que no necesitamos. La desazón que todo esto produce nos empequeñece y puede llegar a anularnos. Que todo ese ruido no te haga olvidar que el amor es lo que de verdad importa. Y no me refiero al amor romántico, que actúa como una droga, genera extremas dependencias y aturde como una obsesión, me refiero al amor que se traduce en cuidado y disfrute de las personas que te rodean. El amor que nos reúne alrededor de una mesa, en una celebración o en un bar una tarde cualquiera. El amor que es alegría.
Por amor propio todos estamos llamados a hacer de nuestro mundo un mundo mejor, y como siempre esto empieza por lo que te queda más cerca, ¡cada gesto cuenta!
viernes, 27 de octubre de 2017
Ser fiel a ti misma
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| Jazmin Berakha |
Ser fiel a
ti misma es la base de la autoestima, porque como cualquier relación esta
también está basada en la confianza. Cumplir tu palabra y no abandonar a la
primera dificultad te convierte en una persona sólida y coherente, la mayor
fortaleza es la perseverancia. Por ello es interesante preguntarnos sobre la clase de
compañía que somos para nosotras mismas: ¿Con quién te quedas cuando te quedas a
solas?
A la vez nadie se construye desde la soledad,
del contacto con el mundo surgen las ideas y los deseos, y de la colaboración
con los demás las acciones más productivas. Es importante que te abras al mundo
y que en lugar de compararte aprendas de las personas que te rodean. Podríamos
decir que nuestra autoestima es el producto de un compromiso interno y de una
relación cariñosa y creativa con el mundo. Por otro lado necesitamos sentirnos
valientes para creer en nuestra valía. El miedo a ser juzgadas, a resultar
demasiado problemáticas o a ser excluidas del grupo no debería frenarnos en las
ocasiones en las que vemos con claridad que algo no es adecuado. Si no te
acostumbras a hacer que tu voz cuente no sabrás defenderte, y nada es más
dañino que ser maltratada o que abusen de ti.
A veces somos demasiado tolerantes, y con las
faltas de respeto es fundamental no serlo. No reaccionar ante un trato injusto
desactiva lo mejor de nosotras mismas porque implícitamente supone
traicionarnos. Nadie tiene derecho a ser agresivo contigo y todas las
relaciones deben ser equitativas, porque siempre es perjudicial dar más de lo
que se recibe. Las disculpas deben exigirse, y el perdón administrarse con
sabiduría, para que no sobrevengan excesos que generen daños irreparables. Así
vemos que hay entornos y compañías incompatibles con el respeto y el amor, el
mayor favor que puedes hacerte es ser cuidadosa a la hora de elegir tus
compañías y “sacarte” de cualquier lugar que resulte dañino, ¡no te abandones!
Mirar por ti
hace que la vida sea más “a tu medida”, pero el miedo a resultar “egoísta” nos
“entrampa” demasiadas veces. Buscar abiertamente el bienestar es fundamental,
cada uno debe defender sus intereses, lo importante es que sea de una forma sincera
y flexible. La palabra clave es negociar, y la base para ello tener el coraje
de ser sincera con tus deseos y necesidades. Lo opuesto a la autoestima es la
vergüenza, la cual nos lleva al ocultamiento y la falsedad, es decir a
traicionar nuestro verdadero ser.
Si
no eres tú misma no eres nadie, y por lo tanto el sentimiento es el de que no
“valer” nada. Necesitamos actuar de manera espontanea, descubrir nuestros
verdaderos deseos y entregarnos a lo que nos resulta más satisfactorio. Sin el placer
de ser libre, la vida se convierte en una serie interminable de rutinas en las
que te acabas perdiendo. Que no te preocupe ser “rara”, no hay mejor manera de
fracasar que tratar de dar el gusto a todo el mundo. Cuando mejor salen las
cosas es cuando te concentras y las haces a tu modo. Si actúas bajo tu propio
criterio y fracasas, seguro que puedes aprender algo. Si te dejas influir
demasiado por las opiniones de los demás, cuando te equivocas te sientes mal
por no haber seguido tu intuición y no haberte puesto a prueba a ti misma, un
nuevo ejemplo de lo que es faltar a esa fidelidad que te debes.
Claro que para
poder lograr esa independencia es necesario perder el miedo a equivocarse, y
para ello valorar por encima de los resultados el esfuerzo que supone haberlo
intentado. Ser demasiado estricta resulta destructivo, el estrés que produce es
incompatible con la felicidad. Si no eres capaz de reírte de tus defectos y de
asumir con deportividad tus limitaciones te conviertes en tu mayor problema y
probablemente sacrifiques tu encanto personal, ya que este está siempre basado
en la espontaneidad.
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| Jazmin Berakha |
Cuando se
habla de autoestima se suele invocar siempre al “pensamiento positivo”,
suponiendo que repitiéndote mensajes optimistas acabarás convenciéndote de algo.
El pensamiento positivo está de moda, pero lo que siempre ha funcionado es ser
realista. No se trata de lo que te dices, se trata de lo que haces y lo que
consigues. Analizar las cosas con la mayor objetividad posible te ayuda a ser
previsora y calcular adecuadamente tus fuerzas, lo cual es la base del éxito.
Dejarse llevar por el deseo de creer en algo sin haberte cerciorado antes de si
es realmente factible, resulta irresponsable y hasta peligroso. No intentarlo
porque de antemano supones que va a ser inútil exactamente igual.
Un exceso de
“fe” anula nuestra capacidad crítica y nos vuelve manipulables, hay muchas
personas que te van a decir lo que quieres oír para conseguir algo a cambio, y
muchas otras que se van a beneficiar de que no te guste hacer preguntas. El
reto es conseguir ser realista, sin miedo a reconocer las dificultades y
manteniendo una actitud constructiva, esto es lo que te permitirá ser una
persona más libre y capaz.
Por último
no debemos olvidar que hay momentos de la vida en los que tener autoestima es una
utopía, son épocas en las que el dolor o la enfermedad prácticamente te anulan
y convierten cualquier consejo en algo inalcanzable. Nunca te compares con
nadie, otros pueden parecer más “fuertes” pero tú te debes buscar una salida y sobreponerte
a cualquier vergüenza. Ser “fuerte” no es una obligación, como tampoco lo es
“poder sola”, y desde luego nadie lo consigue durante toda su vida. El dolor
físico o emocional puede resultar devastador cuando dura demasiado tiempo, por
ello es importante saber pedir ayuda y no conformarse con una vida desgraciada.
Ser fiel a ti misma supone no dejarte “tirada”, no juzgar tus debilidades y
cuidarte bajo cualquier circunstancia.
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